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VISIÓN y EXPRESIÓN POÉTICA

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IMAGEN: Gonzalo Torné

Con la frase que preside nuestro número, Cernuda nos recuerda la importancia de que los poetas se hagan eco en sus obras de las claves existenciales del tiempo que habitan, y que lo hagan desde la respiración expresiva que dicho tiempo les brinda.

Pero inherente a esta afirmación insoslayable (que merece más editoriales), subyace una verdad previa en relación con la expresión poética que no podemos obviar. De esta forma, en otro momento el del veintisiete nos recuerda acerca de la íntima relación entre visión y expresión poética:

El ritmo del verso que usa un poeta surge con la visión que tiene, con la experiencia poética que va a expresar y su uso no es consecuencia de una decisión enteramente voluntaria. En poesía, en arte, no hay “fondo” y “forma”, como pretenden los críticos estilo Menéndez Pelayo; a lo más sería posible hablar de visión y expresión, compenetradas ambas en un todo que es el poema.

 No en vano, el sevillano sabía bien que el poeta que acomoda su materia a un esquema formal cuenta con un primer escollo para el logro artístico, porque esos moldes condicionan la materia lírica de tal manera que cuanto mayores sean sus exigencias, mayor será también el artificio necesario y menor el margen para la originalidad, la autenticidad y la comunicación poética.

 A este respecto, Gil de Biedma, en «La imitación como mediación, o de mi Edad Media», reconoce:

Las formas obligadas tienen la ventaja de neutralizar hasta cierto punto las incomodidades inevitables en esa relación tan antigua, tan cordial y tan sólidamente fundada en el malentendido, que cada lector a su modo postula entre verdad y poesía; gracias a ellas, puede más lo que el poema es que lo que el poema dice.

 Así, no es raro encontrar en la métrica tradicional composiciones que a menudo dejan el poema reducido a un mero juego. Tal es el caso, por poner un ejemplo, de la sextina, que encarna perfectamente la subordinación del hecho literario al invento de la composición. Otro ejemplo similar lo encontraríamos en la poesía de las vanguardias. En ellas, por ceñirnos a un único pero esclarecedor caso, la forma externa puede coincidir físicamente con el asunto del poema. De esta manera, si los poetas alejandrinos crearon poemas visuales, estos pasaron a ser una moda en el siglo XX de la mano de Apollinaire y sus Calligrammes, como —por citar alguno— su «La cravate et la montre», en el que el francés dibuja una corbata en un juego que hace coincidir el asunto de la materia poética con su representación en la realidad.

La Cravate

 A este propósito, también el propio Gil de Biedma admitie:

La idea de utilizar una forma rara, artificiosa y difícil, suelen considerarla los preceptistas. Los poetas sabemos que las formas artificiosas son las más agradecidas y las menos difíciles.

Más allá, lo que Cernuda pretende es que la forma sea una exigencia del contexto literario y una elección del poeta al servicio de su propia voz. Lope ya lo expresó en este fragmento de su «Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo» que bien podría valer en nuestro momento actual haciendo la pertinente sustitución de las formas que enuncia Lope por las vigentes, ya sean estas algunas de las tradicionales —en el menor de los casos—, o el poema en prosa, el verso blanco o el poema libre —en el mayor de ellos—:

Acomode los versos con prudencia
a los sujetos de que va tratando:
las décimas son buenas para quejas;
el soneto está bien en los que aguardan;
las relaciones piden los romances,
aunque en octavas lucen por extremo;
son los tercetos para cosas graves,
y para las de amor, las redondillas;
Lope de Vega

A la postre lo único que parece meridianamente claro es que los mejores poetas siempre resultan inconfundibles en su voz independientemente de su molde expresivo, pues este camina de la mano de la experiencia que el poeta nos traslada en cada composición.

A partir de aquí, y por retomar la senda que nos deja abierta Cernuda con su afirmación en nuestra cabecera, cabría seguir preguntándose por las cuestiones inherentes en la misma en relación con las claves existenciales de la contemporaneidad. A saber: ¿Cuáles son los aspectos que atañen a la visión poética que abandonando el ámbito de obsesiones del autor se convierten en materia de interés para todos? Y más aún: ¿Por qué algunas de estas cuestiones son pertinentes en todos los tiempos y en todas las épocas y con ellas hacemos las cuentas como mejor manera de esclarecer las encrucijadas del momento que nos toca vivir?

 Descuide el lector, que, si nada lo impide, de todo ello nos ocuparemos en sucesivos números.