poética España e Hispanoamérica

Antología de colaboradores de Ibi Oculus

<center>Imagen: <em>Encantado en el bosque</em>Miguel Ángel Blázquez</center>

Imagen: Encantado en el bosque. Miguel Ángel Blázquez

Esta es una selección de poesía de varios de los autores implicados en Ibi Oculus a lo largo de estos años.

Beatriz Russo
Miguel Ángel Cervantes
Miguel Ferrando
Milagrosa Romero Samper
Pablo Luque Pinilla


BEATRIZ RUSSO

Ésta es mi prisión delicada.
No me salvéis.
Aquí yacerá la que pudo haber sido Ophelia.
Inventadme un epitafio que se oculte bajo el musgo.
Que nadie incinere mi cuerpo.
Tengo algo que evocar.

Besé su boca,
la bocca baciata de Fanny Cornforth
y sentí el margen de una moneda trasquilando la infancia de las veloces manos del raso.
¿Prostituta o costurera?
En la vertiente que hay en el sino están en juego las cartas de la sangre.
Llegaron al mundo las mujeres a tejer su desdicha en los telares de la miseria.
Los trapos del hambre amontonándose en las trincheras sin aire.
El anonimato de las abejas harapientas.
Y también llegaron mujeres a los telares de la delicia.
La sabia contienda de unas manos cansadas de su precariedad.
El ruido de la rueca no ensordecía el cuerpo de las otras hilanderas de la noche.
Escribieron sus nombres proscritos en una coroza de papel secante y fueron señaladas
	por los dedos de las  esposas impolutas.
¿Prostituta o costurera?
No hay mayor masturbación que la del halago, mayor deleite que la hermosura en
	estos tiempos de vanagloria.
Cantad todos la pandemia de los burdeles.
Que se abran las puertas de la moderna Babilonia.
“¿Quién fue la bella Laura Bell?
The queen of whoredom
¿Quién kate Cook, Emma Crouch y Cora Pearl?
Toutes elles demi prochaines”
Pero cantad también la pandemia de las fábricas.
Que se abran las puertas de la moderna Etiopía.
¿Quién veneró a las otras artesanas de la noche?
Pocos conocen el castigo de las míseras costureras.
El baile elíptico de las agujas trazaba hondas muescas en sus dedos.
En las oscuras salas de una fábrica gemía el hilo de las futuras ciegas.
Y temblaban después sus cuerpos apuntalados en los rincones ebrios.
Otras muescas hay en sus dedos.
Muescas del dolor de un útero enfermo bajo los dientes de las embarazadas.
Los clavos de cristo en el pubis de las esposas rotas.
Murieron en la fosa común de la historia, en el estrecho nicho de la conciencia.
Murieron con la lenta eutanasia de las mártires,
muertas veteranas del ejército de muertas,
muertas de hambre en las calles de polvo y niebla.
Anónimas muertas.
La prisión delicada (Calambur, 2007)

I
Entre la mujer y la primera niña hay un espacio de arena y vidrio. Gira el tiempo en su moción irreverente como un diábolo de esquirlas. Me incomoda su simetría. La nebulosa se origina cuando agito la tempestad que hay en mi mano. Entonces se enturbia el agua en su esfera de luz. Copos de tinta negra flotando como cadáveres tempranos. Son los insectos oscuros de la fiebre. Chocan contra la membrana del tránsito entre relojes. Van dejando sus vísceras sobre el parabrisas de un llanto. Llueve o lloro. Es lo mismo. La nada no tiene sangre, tan solo permanece en su canto.
Nocturno insecto (Tigres de papel, 2014)
La niña cedió su alma a la conjetura de la seda. Pudo haber sido larva en el brote de una lanza, pero en su cuerpo ya se aglutinaba el suave plumaje de las aves. La tempestad en la sangre viva. El temblor de los caparazones resquebrajándose frente al sol. El pecho supo entonces de su herida y se abrió como una ventana ofreciéndose al crepúsculo.
Entonces emergieron dos alas que brillaban como escamas de algodón de arce y se desplegaron con la inmediatez de su propia luz. Amanecía tras un telón de sombras anticipándose el auspicio de la tarde.
Su resplandor resurgió en mis venas para confundir- las con el alabastro de las sacerdotisas. Yo me quedé inmóvil, como quien atiende a la primera voz tras el silencio. Y la niña me miró con la misericordia de los ángeles redentores.
Le tendí mi mano, consciente de la despedida, y me arrodillé con la misma devoción de las vestales cuan- do ven las llamas complacidas.
La niña búho se despidió con el canto de una Sirin que ha de sobrevolar la Estepa.
Y desapareció entre la vertiente del único árbol que desembocaba en el cielo.
Nocturno insecto (Tigres de papel, 2014)
Anónimo de guerra
Aquel que yace sobre un campo de batalla, aquel que cede su cuerpo al augurio de los mortales y solo mira de frente y destina sus ojos a la mirilla del proyectil, no vence. Aquel que cree en la verdad de los que morirán de cualquier cosa menos de guerra, aquel que sostiene su arma como una estilográfica que tacha nombres sobre el papel, aquel, no triunfa. Tan solo es dueño del vacío que deja tras el enemigo que no conoce y de las sombras con las que tal vez un día soñará arrepentido.
Perfil anónimo (Ejemplar único, 2017)
Rebaño humano
Como pupilos que defienden una idea irreversible. Como gotas que se juntan en un tintero y ceden su esencia a la pluma del escriba y avanzan tiñendo los tejidos de la tierra. Imprimen sus doctrinas  con tachones sobre las piedras e imponen su lenguaje único y mordaz. Así son aquellos que se adoctrinan por miedo a pronunciar su credo. Su trazo no se yergue hacia lo alto, no construyen escaleras para divisar todo el paisaje, sino círculos concéntricos apuntando a un epicentro donde se esconde un solo hombre, ladrón de rostros y de identidades.
Perfil anónimo (Ejemplar único, 2017)
La tierra es un camposanto repleto de lamparillas. Todo ocurre alrededor de una llama de silicio y metafísica. Unimos nuestros brazos entrelazados, arrimamos nuestros escudos en una fútil transigencia de residuos y miramos cómo el fuego reivindica su derecho de admisión. Leña en las manos como un exvoto de aceptación. La hoguera crece en la similitud de un ánimo consensuado. Ya somos parte de ese fuego, de la resolución de las especies que formaron un nuevo código que nadie entiende pero se asume. Hay queroseno en las esquinas de la voz. Se implican los incendiarios, surgen guardianes del estigma, cancerberos de la miseria humana y de todas sus ruinas apiladas como leña cautiva. La hoguera se impregna entonces de razones y de cal. Del fuego emerge una bilis que recuerda la tez viscosa de las orugas. Los brazos comienzan a apretarse como intestinos solidarios y se inicia la competición por la infinitud de la tea. Del origen de la fricción de los cantos ya nadie se acuerda, ni de su resplandor primero. Solo es visible el furor de lo inflamable. Se cotiza la alquimia del combustible y su destreza para extender la sombra de los pirómanos. No solo arden los bosques en épocas estivas, también el hombre se inmola con su pensar minado. Nadie camina a salvo de su detonación. Sobrevivimos sorteando las mechas inflamables. Caminamos con el cuerpo claudicando sobre un pastiche de tierra y cubrimos nuestras botas con algo que ya no es el lodo que hizo a los hombres, sino el excremento en el que poco a poco nos vamos reproduciendo; amalgama de cenizas sobre un páramo atestado de gusanos.

MIGUEL ÁNGEL CERVANTES

I
Nacimos del crepúsculo, y no nos importó. Al menos jugábamos felices entre tonos grises y música de radio. Comenzamos en nubes a no saber de la verdad. Excesiva la lluvia opaca cayendo de nosotros hasta los arrabales del alma. Más tarde lo entendimos. Huida o destino desde dentro, el campo o la ciudad, para quienes perder los puntos cardinales fue culpa del silencio y del crepúsculo. Fruto fuimos con luz. Mas ¿quién nos iluminó?
II
Desde la alfombra se sucedían estaciones de atmósfera densa. Por fin manipulábamos muñecos inventados, como si no significara nada la elección de nuestros padres. La ilusión castrense, hábitos religiosos, caqui esperanza o tez marcial; signos de valores que calaban lluvia melancólica, tormenta de canícula, temblorosa paz de entretiempo. Y el ángelus, aviso espiritual, córpore in sepulto, por mucho que no sintiésemos los límites y la alfombra fingiera.
III
Derecho al pataleo. Soberbia del llanto entre mandiles cubriendo con ternura. Angustia o miedo azul ante las madejas sin fin, hueco de sueño, tufo de parafina. Hijos no buscados, cambiando dos canales bajo la dulce permisividad. Bajo el castigo definible en sermones que limitaban el sufrimiento, el sueño, la mirada.
IV
Deficientes de casi todo, ignorantes por religión y en el amor vencidos, buscaban la felicidad. Fuimos su inoxidable alegría, su futuro luminoso transformando colores sordos en limpios horizontes, paisajes de melancolía, entre el olor del mismo ser y el placer de vivir juntos. Dilemas de otras sumas, panes y mentiras, telediarios al calor de la mesa camilla o el mantón de la sombra, peces con verdad. Lumbre para brasero y los pies fríos.
V
Parajes de la vida que nos marcaron. Cama de matrimonio, espacio de una conquista de almas o cuerpos tibios, tentación, tal vez, de escurrirnos por las colchas del misterio hasta el suelo helado de baldosas y certezas. Habitaciones sin armarios empotrados con húmedos rincones y batracios roncos, y saurios buscando el sol de las paredes, el calor en las escamas. Pisos donde la altura hacía olvidar el fondo y las formas, su imprescindible geografía.
VI
Recuerdo o sueño aquellas fiestas con regalos, herramientas para las mejores etapas que nos procuraban; para construir destinos ciegos de espaldas al mundo, rompiendo la memoria con un ir y venir que afinara la mejora endémica. Devotos de la intriga enladrillando nuestras mentes, buscaban ubicarnos mejor que el peor, puesto odiado o sufrido en algunas ocasiones. ¡Qué disyuntivas de las que no se dieron cuenta e impusieron con saña!
VII
Miraba con los ojos puros sintiendo los descampados como el desierto o el mar de la libertad necesaria. Emoción al izarse las olas de los terraplenes escondiendo secretos al atardecer. Espumas como escombros, silencios o ruinas; las ángeles del porvenir. Por fin los que hablaban descubrían, tras los cristales, orillas de otro mundo.
VIII
Las maletas esconden jerséis doblando la nostalgia, pantalones de olvido tan perfectamente planchados que sólo varios fines de semana consiguen sus arrugas. Su retorno al lugar de la perversión, del disimulo de quien se fue para no volver. Trenes nocturnos, o vicios incontrolables, ese cálido traqueteo donde ir, porque algo falta, para venir de un lugar que se oculta por si acaso a los que somos equipaje de un porqué.
IX
¿Quién no será aunque no quiera? Humanamente anudo el pasado de las ensoñaciones, este mañana frío que nos escarcha la ilusión con un futuro gris, felicidad que se arrodilla para nombrar sin horas. Parado ante la incertidumbre, preñado de cuidado, vigilante detrás de escondidas grietas y angostos mundos, quizás simulación de aquello que escondió; esa voluntad depuesta con tanto sigilo frente al temor o la vara lacerando el cuerpo sin fondo,
o el alma por su envés.
de Orillas tan adentro

MIGUEL FERRANDO

Sopla entre mí

“ Si yo soy la hierba y tú eres el viento, sopla entre mí.”
M.Khalvati

I
Cuánto aire, amor, en tu cuerpo caído,
qué escondido en la luz cuando te veo.
Qué implacable alma mía mi deseo.
Qué afilado el metal del sinsentido.

Es la nada que llora, convencido de ti,
cuánta oración, ¡cuánto te creo!
Qué callada unidad y qué apogeo de amor,
y ese aire desde ti nacido.

¡Cuánto sobran, amada, los colores!
Si supieran mirarte, si entendieran,
si pudieran reírse de tu nada

y vagar al infierno de las flores.
¡Cuánto sobro entre ti! Si descubrieran
lo que pesa mi voz desesperada.
II
En mi jaula encarnada,
como un ave cautiva y extranjera.
Y no quiero salir hasta que muera cien muertes.
Quiero, quieto, acorralar, mirando.
Quiero secuestrar, entera,
la diosa infantil y perfumada,
la diosa lejana que me busca,
tan triste, tan perdida, tan perfecta.

Ya tanto resucito que no muero,
se aquilató la muerte en una pluma de mis alas gastadas,
contra mi jaula encarnada,
como un ave cautiva y mensajera.
III
Alumbrado de ti todo me sobra.
Arrancado de ti todo se mueve
hacia la nube que gira y no llueve,
desde la llama del sol que da sombra.

El silencio del alma siempre me nombra,
siempre avisándome que me renueve.
Tuerce los surcos, fraguará la nieve.
Elegido por ti nada me asombra.

Todo me empuja a un barranco redondo.
Todo me estrecha en un hilo de espino.
Toda la tierra descuaja mi fondo.

Y entre dos estrellas cuelgo el destino.
Entre dos amores, preso, me escondo.
Entre dos abismos, libre, camino.
IV
La avaricia de amar,
esa patria infiel de minaretes y selvas,
reconquistada.

¿Y si te quiero casi sin mirar?
Sin saber, sin entender los gestos del amor.

Conoces las agujas de cristal que crecen en mis dedos
cuando hablo de ti.
Y si escribo de dioses, de gritos,
ya lo conoces.

Conoces los infinitos que me arrancan la vida
y aún no aprendiste, ángel, a reírte de mí.
Yo ya conozco el agua que somete la tierra.

O la avariciosa víscera que me sostiene,
la víscera del amor.
Ese truco pagano que me consagra.

¡Ah, las palabras, amor, las bendiciones!
La frase vegetal creciendo hacia la luz.
Los amores pequeños, como pulgas,
mariposas de noche, semillas de girasol,

todo lo que conoces.
V
Me escondo en la cabaña de los furtivos
con unos perros que me lamen,
huelo las añiles flores de romero,
y busco, en el silencio, la palabra extinta,
esperaré su regreso.

Qué estúpido es llorar,
qué difícil traspasar la puerta.

Entre mis dedos tiembla
la sagrada linfa del poeta,
baja de mi sien, por una herida del aire,
por mi cuello, lleva a mi ombligo
el rumor de las estrellas enemigas.
Y a mi pecho, a su centro,
le devuelve esta misma cabaña,
el páramo, la fiebre que se filtra.

Quiero desmontar la nada
entre perros que me lamen y me aúllan.
VI
Despintar el muro,
enjuagar las piedras con palabras,
condensar su pintura,
esconderla en paletas de pintores extranjeros,
mirar las junturas desnudas de sus arcos.

Y despintar el lienzo,
mirar el bastidor desolado,
condensar su pintura
en grumos de mí
entre tus uñas.
VII
Tener que ser quien fui y ser quien soy,
pidiéndole a los siglos que separan
las huellas de mis pies que permitieran
pisarlas a otros pies, cuando me voy,

y a las fuentes, los mares donde estoy,
que inundasen mis versos, que lavaran
mis silencios, los ecos que me amparan
de esos gritos que daba, y ya no doy.

Secos van los caños, secos y partidos,
al alma seca de la duna blanca,
de las vidas yermas al frescor perdido.

Seco mi retorno a una risa franca,
secos los campos de mi padre herido,
seca la sangre que en mi voz se estanca.
VIII
Explícita y lúbrica.
Con el eco inmortal de los templos en ruinas.
El eco de la luz que inspiró a Platón
y los reinos húmedos que sueñan las princesas.

Elegíaca y física.
En el calor de las auroras te abres y te cierras,
me preparas a mirar por encima del nosotros atlántico,
urdes periscopios de sol
y el horizonte se convierte en tus ojos cerrados.
Eres la espía que traicionará su causa por amor.

Aforística y trágica.
Tú no lo sabes, mi vida. Tú no lo sabes.
Pero todo el universo te necesita.
Todos te miramos a ti
para que el mapa de lo eterno
se transforme en un pequeño e incondicional ratoncillo de jardín
o en nuestro asombro aquel 19 de agosto del 2012
frente a la mágica Hécate de William Blake
y su búho irracional.

Todos lo saben, tú no te dejes…
IX
Me dormías amor con tu veneno,
sin dejar de matar me consolabas,
me arrullabas sin voz, me despertabas sin sol,
soy el muerto de tu amor sereno.

En tu calma lumínica, en tu seno
tan frío, al matarme me abrigabas,
y es ese calor, mi amor, que me entregabas,
el único calor que no es ajeno.

Eres mi muerte ya, porque estás muerta,
como una flor de altea entre las rosas,
eres mi vida y el centro de las cosas

que tienen que volar al alba incierta.
Tú eres lo eterno y yo soy casi nada,
casi nada de ti, tanto, mi amada.
X
Debajo de un canto rojo
tus ojos besan mi suelo
cogiendo besos al vuelo
de las sombras de mis ojos.

Sólo al mar que cicatriza,
sólo el verso que atraviesa,
la brújula que regresa,
la lágrima que profetiza

que debajo de ese llanto
juego al juego de la vida,
escondido ahí, en la herida,
bajo el rojo de tu canto.
XI
Lograré que tu pelo desbarate
la rabia que me nubla un pensamiento,
teñiré de platino el desaliento,
le pediré a tu luz que me desate

de la espina amarilla que combate
otra rabia que ilumina un sentimiento,
acallaré las risas que te miento
con rosas del jardín del disparate.

Lograré que soplándome a la cara
me retires un sol de la retina,
miraré con la chispa que separa

tu noche de la noche que termina.
Voy a hacerte la lluvia que no para
y acaba disolviendo al que camina.
XII
La realidad llora
cuando te muerdo un dedo.
La realidad, las cosas; el color de la pared,
el humo extinto de tu dedo-cigarro,
su boquilla de uña.

Las cosas lloran porque tú lloraste
cuando te mordí un dedo.
Lloraron el Ecuador y los dos polos,
pero sólo un poco, casi menos que tú.

Al principio todos los llantos serían así.
XIII
Se reproduce la sal en tus ojos redondos
y el mundo se condensa en tu forma de mirar.

Se reproducen tus secretos y se encoge la vida,
la tristeza lenta de las niñas listas,
esa misma de los poetas,
se vuelve necesaria,
porque se reproducen tus secretos en verdades abiertas.

Se reproduce tu alma en una mueca
y tu alma de místico jardín se vuelve selva.

Eres fecunda de luz
y aún si te callas
corrompes con tu ansia enloquecida
los valles del silencio.
XIV
No consientas que te empañe la cara
con el vaho añil de la melancolía,
no me dejes hablar del mediodía
envuelta en esta claridad tan clara.

Me nutro de la luz que nos separa,
te engañé con un sol que no existía,
con un campo en que nunca amanecía.
Me nutro del silencio que no para.

No consientas la voz que llega rota,
no permitas, amor, mi fe sin tino,
no pretendas secar lo que no brota.

Huyendo me reflejo en el camino,
perdiéndome alimento mi derrota,
regresando entrecruzo mis destinos.
XV
De una queja abierta,
robada a tu sangre,
robada a tu polvo,
marcada en mi cuello,
mojada en mi sangre,
cerrada en tus ojos
que siguen gritando,
llevando mi sangre
con mi amor robado;
un callar eterno
del cantor amado,
una vena abierta
en un mar helado.
XVI
Y eras mía en la flor de tu locura
y loco te entendí, loco y callado,
barajando locuras a tu lado,
enalteciendo tu razón, tan pura.

Tu sentido fue amar, y el amor cura,
y te cierra una vena, aquilatado,
y te sangra y te arrastra a su cuidado,
y te niega tu nombre y te tortura.

A mi grito de loco hoy le responde
el sensato silencio de la voz herida,
la cuerda soledad de tu muralla.

Todo está hundido, ya nada me esconde,
sólo una marca me dejó tu huida;
un disparo en la sien que nunca estalla.

MILAGROSA ROMERO SAMPER

Héroe ignoto [Prometeo]

I.
Héroe desconocido

Volviste, cansado y herido,
de la guerra de Troya.
Alguna fuerza extraña te escupió
a una playa solitaria,
o a un risco pedregoso
siempre tocando el cielo
o queriendo más bien tocarlo.

Ninguna Circe te recibió
porque no eras suficientemente ilustre,
ningún poeta dijo al mundo
que aún estás vivo
y que conservas, oculta,
la lanza de Aquiles.
II.
Clavas la lanza en el suelo
y creas un círculo.
Eje del mundo
el sol recorre su cuadrante
y todo empieza de nuevo
Espacio y tiempo.

La arena quieta y muerta se remueve
los granos se separan,
cobran vida
el viento los levanta, se los lleva
a otras playas, a otros mares.

La roca se parte,
brota agua
y pronto aparece el color verde.
III.
Hincas tu lanza
y te sientas a su sombra
y contemplas
las pequeñas hormigas diminutas
la sombra cambiante de las nubes
la sangre latiendo en tus muñecas
ahora
en el presente

para qué sirvió
que los muros de Ilion se desplomaran a tus pies
de qué sirvió
que su polvo te inundara y te cubriera
de sombras, de sangre y de olvido.
Porque los dioses
ya te habían quitado el nombre.
Antes de Ilion, antes de la lanza.
Antes…
<center>ILUSTRACIÓN: Serge Segay</center>

ILUSTRACIÓN: Serge Segay

VI.
Hincaste tu lanza y ya es de noche
y el mundo ha seguido creciendo a su alrededor-
lo oyes germinar, bullir, palpitar.

Ilion te cubrió de sombras, de sangre y de olvido
y ni nombre tienes,
pero vives.

Te palpas el costado:
la cicatriz infinita de la vida.
Rugosa, como una cordillera lejana.
Como aquel acantilado
antes de Ilion,
antes de la lanza
antes de todos los escombros
en el comienzo de todos los escombros…
V.
La sombra de la lanza
marca una nueva hora,
un día nuevo,
y tú recuerdas vagamente
los días sin sol y sin horas
cuando las olas del dolor te golpeaban
y sólo resonaba en el vacío
el metálico aleteo
y el espanto continuo era rutina
que como la marea retornaba
espuma de creciente violencia.

Hasta que un día
cesaron los chirridos y la espuma,
alguien tiró del océano hacia abajo
(fuiste tú, Herakles?)
y la bajamar tuvo clemencia.
VI.
Posas tu mano en la lanza,
que apunta directamente al sol.

Y recuerdas:
cómo del fondo marino descubierto
se fue formando una neblina
salobre y tibia
y cómo te cubrió todo
hasta la herida
y allí se quedó
y allí la sientes ahora
como entonces
lloraste lo perdido, lo arrancado
y ahora vuelve
te inunda como el mar
con reflejos dorados
y la lanza centellea
y suspiras…
	Pandora…
<center>ILUSTRACIÓN: Serge Segay</center>

ILUSTRACIÓN: Serge Segay

PABLO LUQUE PINILLA


A-42
IV
El enunciado del paisaje, dibujado en el umbral del parabrisas, nombra en sílabas de bruma los contornos de la autovía.
Son brazos donde descansa el vértigo de lo imprevisto, el alfabeto de señales que se sucede kilómetro a kilómetro, como se sucede la silueta de los edificios y las industrias.
No importa si son fábricas, gasolineras o almacenes, ni la prohibición de pasar de noventa, cuando en pozos de sentido se vislumbra el hallazgo de los deseos. No importa si son bloques o adosados, o el destello de sus guiños menores en los autobuses de línea.
La distancia es el tiempo y el asfalto su mediación intercesora.
El transcurrir de los kilómetros deletrea los cercos de un misterio, como se deletrean los números del cuentakilómetros, y se desvela el lugar inalcanzable donde se embarcan los ojos.
De Los ojos de tu nombre, «Las distancias»

Imagen que acompaña al poema "Diana", por José Luis R. Torrego.

Imagen que acompaña al poema “Diana”, por José Luis R. Torrego.

DIANA
Eres blanco de todas tus ideas, punto de fuga de tu propia imagen sobre un fondo enmarcado en gasa oscura.
Eres el rostro incierto y su misterio, la esfera que rebasa su contorno, lo finito gritando por la herida.
Por ti el marco en penumbra y el círculo interior, la gruta que te acoge con claridad de orla, la figura encajada en su frontera.
Por ti la carne muda de los labios, el enigma enunciado desde el centro, y el centro pensativo como un cáliz de sed.
De SFO

 

<center>Imagen que acompaña al poema "Urban viator", por José Luis R. Torrego.</center>

Imagen que acompaña al poema “Urban viator”, por José Luis R. Torrego.

URBAN VIATOR
Al crecer
 	 los ejemplares jóvenes emprenden el viaje,
se unen a los de su manada.
Ésta discurre veloz y ajena
trotando en el desfiladero,
ignorando los márgenes que ocupan
los animales rezagados.
Cuantos quedan en la orilla 
presa son del estupor,
de la quietud que brota en la impotencia,
del rumbo incierto donde se amplifica la locura.
Miran escépticos a los que galopan,
hacen recuento,
aceptan impasibles la estampida.
Esperan el final sobre un mástil 
que subraya
                   la paradoja de la escena.
De SFO

 

ERA NECESARIO QUE NACIERAS
Era necesario que nacieras para que llenaras en el mundo un hueco de palabras
para que desovaras la semilla del fruto remontando el camino de la sangre
la equidistancia entre el estiaje del sudor y el caudal desbocado de la arcilla
entre la piedra demorada en la maleza y el clamor de las hojas en su ascenso.
Era necesario que nacieras para que prendiesen raíces en la incertidumbre
acuarios de silencio que hospeden la ceguera de los páramos
pisadas que descifren el ovillo de las encrucijadas.
Era necesario que nacieras, porque faltaba entre nosotros tu vocación de simetría
la serie de los números ordinales, el abecedario en la deriva del conocimiento
el alumbramiento en la matriz subacuática del útero
cárcava de tejidos, templo donde forjaste el umbral de tu presencia. 
Y así contemplar las huellas de tus brazos en el aire
el volumen de tu cuerpo entre las sábanas
las cucharadas de tu voz parpadeando en la intemperie.
Y así encontrar un ámbito para nuestra naturaleza herida en el origen
conciencia de las nubes y nudo de la tierra entre las aguas
paréntesis de arena y cuenco albergando el infinito.
La historia de la bolsa liberando el hambre
el oleaje inadvertido de varios meses de crecimiento a oscuras
morada de sombra y esperanza
de certidumbre pensada para ti,               para mí, 	               para ella.
De Cero
PERSECUCIÓN
Naturaleza escurridiza de la felicidad
Como un pez que abandona su refugio 
el vientre donde vive imaginando el aire
rastreando un hueco en la espuma para salir del fondo.
Como un ciego que atraviesa la parábola del viento
la tensión donde boquea, fugitivo, péndulo de escamas 
trazo inaprensible entre las horas bajo la bóveda del día.
Como una bala de neón que avanza mientras tiembla
escurriéndose en la línea perfecta de los párpados
en la imposible cuadratura de las manos tras su forma.
Su dibujo entrecortado en la intemperie que rastrea
dividiendo en surcos lo invisible
agitando las aletas que cortan el trayecto con su filo.
El vaho de las yeguas, el rocío en la campana del silencio
la llanura donde se desliza entre las manos del musgo sobre la quietud inmutable de las piedras.

Allí donde vibra su contorno bajo la anémona del sol 
donde se escucha el roce de su sombra contra el suelo 
levantando el polvo necesario para aclarar la imagen 
para rendir mis ojos tras el cerco de su ausencia 
tras la senda que humedece su figura imperceptible.

El regreso hacia el lugar del que surgió su impulso 
el rapto de partir para ensayar el vuelo 
para desvelar el forjado del origen esparciendo sus esquirlas de sentido

horadando la uniformidad del oleaje 
al que retorna y del que huyó 
			     sin haberme abandonado.
De Cero
– 2 7 3 º K
Cero absoluto
Un instante curvándose en la luz,
unos ojos que observan su estructura,
el detalle que insiste en el ocaso
sobre el rodar quebrado de la noche.	
Un cuerpo que, tendido en el silencio,
acecha la guadaña susurrante
del viento acariciando la distancia.
El pozo de la escucha en el presagio
de un paraje que sueña lo imposible.
Descendemos pensando con los dedos
la franqueza del polvo, la presencia 
de la soga inquietando las espigas,
la figura templada de los granos,
el humo blanco, en su urgencia, frágil.
Los barrotes de nubes en racimos,
la probidad del surco en su barbecho,
el bochorno que eleva la humedad
del prado cuando pugna, vaporoso,
arrancando jirones de horizonte.
Trepamos en columnas de mercurio
como lo hace el halcón que se prepara
o repite su presa cuando huye.	
Como se busca el sitio que cobija
una última presencia inexorable
tras un umbral de cero grados kelvin.
El fogonazo que se aprecia allí
donde ya no se espera nada nuevo
salvo el protagonismo del vacío.
De Cero
<center>Ilustración: "Rigor vitae II", por fromthetree</center>

Ilustración: “Rigor vitae II”, por fromthetree

RIGOR VITAE (ELLA)
Quisiera ser carne donde albergar tu herida, 
bandada migratoria para sobrevolar su origen, 
hormigón y acero, bóveda en la incertidumbre.
Quisiera ofrecerte alguna forma de sentido, 
el temblor donde yace el agua del significado.
Sin embargo, te diluyes como un crujido sordo 
o un retablo de arcilla bajo una lluvia de silencio;
como un paisaje desoyendo la distancia infinita 
que mendiga nuestra frágil capacidad de amar.
Quisiera evitar que eres aquello que rehúyes
                                  y te aísla, 
                 te aísla,
te aísla,
hasta deshacerte en el polvo que me ahoga.
Hasta borrar la interrogación desnuda de tu cuerpo,
las huellas del inicio, la obra del gran Rilke.
De Cero
[VEO LA LLUVIA SOBRE EL HORIZONTE]
Veo la lluvia sobre el horizonte, 
el vapor que desprende,
la campana del agua,
su humedad invisible.
Veo el aire uniendo y fragmentando, 
el erizo sin púas, 
su piel suave.
Veo la noche y el día, 
el ritmo y su pausa,
el estupor y el silencio.
Mi dibujo abrazar 
la ausencia con su esencia, 
el color con la forma,
la forma del cuerpo que yace erguido 
y erguido se destensa.
Veo, en fin, un ascua donde habitar la muerte
que prolonga sin demora 
lo que nos dieron al principio. 

Aquí acontece cuanto aguardo,
su rostro en los días de la herida,
su carnalidad de nombres en la arena.
Aquí compruebo la dimensión del cubo
las murallas de jaspe, 
la tribuna de amatista,
el núcleo de Gloria 
y su esplendor acuático.
El espacio al que accedí
por el brocal preciso;
la promesa hecha carne, 
su fidelidad perpetua.
Y veo el ajuar así completo 
sin polillas, ni herrumbre, 
ni ladrones que socaven la mostaza hecha árbol 
y las aves cubriéndole las ramas.
La vida ganada, por perderla,
y los últimos donde nos habían prometido.

El lugar donde ocurre
cuanto sucede desde siempre:
el olor a tierra mojada,
el verde de la hierba ahuyentando el miedo,
el círculo de piedra
que rodea un animal de dos especies.

Una, para vivir allí
                     donde colmé mis horas,
otra, para habitar aquí
                        donde perduro en su presencia.
De Cero