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Relatos de Blanca √Ālvarez
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El entierro
El viaje
Blanca √Ālvarez de Toledo

 

El entierro

       Anxiety, Edvar Munch, 1894.
       FUENTE:
http://www.edvard-munch.com/gallery/anxiety/anxiety.htm

            Marta mir√≥ por la ventanilla del coche mientras notaba un calor espeso que le sub√≠a desde los pies hasta la cabeza. Sus cejas se contrajeron formando dos peque√Īas l√≠neas verticales en la frente.

 -No hace falta que pongas esa cara, hija.

 

 Estaba claro que su madre no la entend√≠a, y eso hizo que se enfadara a√ļn m√°s, aunque no dijo nada. Sus amigas estar√≠an ahora entrando en la primera clase, con sus uniformes perfectamente limpios y planchados, ense√Ī√°ndose con orgullo las carteras y los estuches reci√©n estrenados. Quiz√° ya hab√≠an tenido tiempo para echarla de menos, y se preguntaban d√≥nde estar√≠a,
o si habría decidido de pronto cambiarse al instituto.

 

-No se√°is bobas ‚Äďdir√≠a Elo√≠sa, su mejor amiga. ‚ÄďNos lo habr√≠a dicho. Adem√°s, a sus padres no les hace gracia la gente que va al instituto. ¬ŅNo os acord√°is de cuando se tuvo que quedar en casa aquella vez que fuimos al cine con la pandilla nueva?

 

Quiz√° aprovecharan ese momento para criticarla. Puede que hasta Elo√≠sa terminara diciendo alguna cosa, tal vez un peque√Īo comentario para cubrir las apariencias y que no pareciera que entre las dos guardaban secretos mucho m√°s valiosos. Marta sab√≠a que esos secreto$s del verano no saldr√≠an en aquella conversaci√≥n.

 

Le hubiera gustado notar en el est√≥mago el cosquilleo del primer d√≠a de clase, conocer lo que se sent√≠a al subir las escaleras del pabell√≥n de las mayores por primera vez como leg√≠tima due√Īa de ese espacio, palpar la expectaci√≥n que flotar√≠a en el aula mientras decenas de rostros examinaban al profesor nuevo. Y escuchar despu√©s los juicios ‚Äďa veces demasiado temerarios‚Äď de la gente. Quiz√° hasta aventurara una peque√Īa observaci√≥n sobre el modo de dar la clase, o la dificultad de la asignatura. Y todas la apoyar√≠an con movimientos afirmativos de cabeza. Luego, en el patio, podr√≠an seguir hablando de lo que cada una hab√≠a hecho en verano. Las hojas del casta√Īo ya estar√≠an un poco amarillentas, y algunas en el suelo crujir√≠an bajo sus pies. No ir√≠an a jugar como otras veces; ahora se quedar√≠an hablando sentadas en un banco, la falda arremangada y la camisa por fuera, como ve√≠a que hac√≠an las mayores siempre. Y no se aburrir√≠an, porque constantemente saldr√≠an nuevos temas de conversaci√≥n. Ella ten√≠a muchas cosas que contarles, aunque todav√≠a no sab√≠a si prefer√≠a mantener el secreto con Elo√≠sa. No quer√≠a ver luego el nombre de Javier escrito en la pizarra y rodeado de corazones, y que todo el mundo terminara enter√°ndose‚Ķ

 

 Apoy√≥ la cabeza contra la ventanilla, pero el coche daba tumbos de vez en cuando y estaba inc√≥moda. El jersey colocado a modo de almohad√≥n tampoco dio resultado. Prob√≥ a tumbarse, ya que ten√≠a toda la parte de atr√°s para ella sola, y en poco tiempo se qued√≥ dormida. Se despert√≥ sintiendo que un rayo de sol le daba directamente en la cara. Aunque lo intent√≥, ya no pudo volver a dormirse.

 

-¬ŅQu√© hora es?

 

-Ya casi hemos llegado ‚Äďdijo el padre a modo de respuesta.

 

Marta se acord√≥ de las veces que hab√≠an hecho ese mismo viaje cuando era ni√Īa. Siempre estaba preguntando si faltaba mucho y ten√≠an que estar parando dos o tres veces en alguna v√≠a de servicio. Pero ya hac√≠a dos veranos de aquello porque, desde que alquilaron el apartamento en la playa, pasar los veranos en el pueblo hab√≠a perdido toda la emoci√≥n. Marta no pod√≠a ni imaginar c√≥mo ser√≠a volver a pasar un verano en aquel lugar perdido de la monta√Īa, y eso que segu√≠an teniendo all√≠ su chalet, porque su padre se hab√≠a negado a venderlo o porque, quiz√°, no hab√≠a nadie dispuesto a comprarlo.

 

-Péinate un poco, anda.

 

Marta cogi√≥ el cepillo que le tend√≠a su madre y se hizo una coleta alta y apretada. La camiseta negra se le llen√≥ de pelos. Ella no habr√≠a querido ir de negro, pero su madre le hab√≠a dicho que as√≠ era mejor, y que si no sent√≠a acaso que Ernestina hubiera muerto, despu√©s de todo lo que hab√≠a hecho por ellos los veranos que pasaron en el pueblo. ¬ę¬ŅO no te acuerdas ya de qui√©n nos hac√≠a esos guisos tan buenos?¬Ľ Marta no entend√≠a qu√© ten√≠a que ver todo eso con que no pudiera ponerse su camiseta rosa nueva.

 

 De pronto, pasaron por encima de un puente que le result√≥ familiar. El r√≠o corr√≠a por debajo arrastrando un agua marr√≥n repleta de insectos. Hab√≠a visto ese r√≠o en muchas ocasiones, pero nunca con aquel sentimiento de repugnancia. Le parec√≠a imposible que dos veranos atr√°s hubiera ido all√≠ a ba√Īarse con sus primas.

 

El pueblo no estaba lejos, ya pod√≠an verse las fachadas rojas de las casas en la ladera de la monta√Īa. A esa misma hora, sus amigas estar√≠an en el patio tomando el sol en un banco y ‚Äďahora ya seguro‚Äď pregunt√°ndose d√≥nde estar√≠a ella. Y de pronto se sinti√≥ crecer, rodeada de una nube de intriga que la volv√≠a interesante, aunque s√≥lo fuera por un d√≠a. No importaba que estuviera a cientos de kil√≥metros de Madrid con el solo objetivo de asistir a un entierro de una vieja desconocida que guisaba y tend√≠a la ropa y que apenas sab√≠a leer. Lo de Javi quitar√≠a importancia a lo dem√°s. Ahora ya estaba segura de que iba a cont√°rselo a todas, y que ser√≠a la envidia de su clase por primera vez. Y, mientras cog√≠an el camino del cementerio, sonri√≥ al imaginarse sus caras, especialmente las de Luc√≠a y Esther. A las pobres nunca las hab√≠an besado‚Ķ

 

            Cuando los tres bajaron del coche, un grupo bastante numeroso ya se congregaba alrededor de la tumba, esper√°ndolos. En medio de aquellas personas vestidas de negro, las flores rojas y blancas resaltaban mucho, y a Marta le parecieron muy hermosas, porque era como si destilaran un aroma de vida completamente incongruente all√≠. El cura abri√≥ un librito y enton√≥ unas oraciones mientras las viejas pasaban las cuentas del rosario en un continuo bisbiseo. Algunas caras le resultaron familiares: el panadero, el hombre del bar, la se√Īora que pasaba el cestillo en la iglesia‚Ķ Todos ellos enfundados en trajes oscuros con la mirada perdida y con gotas de sudor en las sienes. Un chico que estaba al otro lado de la tumba la mir√≥ sin disimulo. Al principio no logr√≥ reconocerle, pero luego se llev√≥ una grata sorpresa al descubrir que se trataba del vecino gordo al que hab√≠a dado calabazas el √ļltimo verano. Jacobo se llamaba, o eso le pareci√≥. Hab√≠a estirado mucho, y ya no ten√≠a tantos granos en la cara. Estaba m√°s guapo.

 

Un par de hombres sudorosos bajaron el ata√ļd haciendo palanca con una cuerda. A veces el ata√ļd chocaba con las paredes de tierra produciendo un ruido seco y cortante. Marta pens√≥ que no estaban poniendo mucha delicadeza.

 

El sol pegaba con fuerza en su espalda y luego en su cabeza, porque se hab√≠a ido elevando poco a poco, como si quisiera dominar desde lo alto aquella escena negra con los peque√Īos puntos de colores que eran las flores. Los hombres se aflojaron la corbata. Marta sinti√≥ que se mareaba y las figuras se convirtieron en manchas oscuras que se alzaban alrededor de ella como estatuas tenebrosas. Y dej√≥ de o√≠r las oraciones de Don Pascuero, y todo eran susurros ininteligibles de vieja‚Ķ

 

Cuando termin√≥, Marta se vio arrastrada por el brazo de su madre hasta el restaurante del pueblo, donde hab√≠an dispuesto una gran mesa alargada. All√≠ se encontraron con las mismas personas que hab√≠an estado antes en el cementerio y Marta se pregunt√≥ c√≥mo podr√≠an haber corrido tanto: el panadero, la se√Īora del cestillo‚Ķ y aquel muchacho que segu√≠a sin quitarle los ojos de encima. Primero fue el ruido de las sillas al levantarse, y luego llegaron los besos y las exclamaciones:

 

-¬°Cu√°nto has crecido!

 

-¬°Vaya moza m√°s guapa!

 

La madre de Marta no dejaba de sonre√≠r y el padre, que entr√≥ justo despu√©s, le cogi√≥ por la nuca como si fuera un mu√Īeco de trapo que quisiera ense√Īar a los dem√°s.

 

Ol√≠a a sudor. La estancia estaba muy oscura y flotaba una nube de humo espeso, como de puro. Empez√≥ a cansarse de los abrazos. Ya ni siquiera procuraba sonre√≠r cuando le estrujaban los carrillos igual que si fuera una ni√Īa. Cada vez entraba m√°s gente, y Marta s√≥lo quer√≠a salir de all√≠.

 

Cuando ya parec√≠a que hab√≠an saludado a todos (el chico que la miraba era el √ļnico que no se hab√≠a levantado de su sitio) se sentaron alrededor de la mesa. El camarero trajo dos fuentes enormes de cordero, y alguien le cogi√≥ el plato y se lo devolvi√≥ lleno. Hab√≠a mucho ruido y las voces se interpon√≠an unas sobre otras, de modo que no lograba entenderse con su compa√Īero. Al fin, el compa√Īero capt√≥ lo que le dec√≠a y le pas√≥ la jarra de agua. Ten√≠a mucha sed. Enfrente de ella el panadero re√Ī√≠a con su mujer, escupiendo de vez en cuando trozos de carne. Todos hablaban y com√≠an a la vez, y tambi√©n re√≠an, y Marta ve√≠a la grasa caer como un hilillo fino por sus barbillas, y luego abrirse camino por el cuello, hasta que desaparec√≠a. Hac√≠a mucho calor y estaban apretados; tanto, que su compa√Īero le tocaba con el brazo cada vez que quer√≠a cortar la carne. Luego descubri√≥ que el compa√Īero era uno de los que hab√≠an ayudado a bajar el ata√ļd con las cuerdas. Y not√≥ una fuerte sacudida en el est√≥mago, como de asco. Porque ellos estaban all√≠ comiendo cordero, y el cuerpo de Ernestina a√ļn estaba caliente y palpitante de vida en medio de todas aquellas gentes que mascaban y re√≠an haciendo tanto ruido.

 

-¬ŅNo comes? ‚Äďle pregunt√≥ el hombre que hab√≠a bajado el ata√ļd.

 

Marta miró el trozo de carne que brillaba en su plato, se levantó de un salto y salió de aquel lugar. Corrió como nunca antes lo había hecho.

 

Luego, en el coche, abrió un poco la ventanilla de su lado, porque era como si se ahogara. Pero el aire de fuera era caliente y le oprimía los pulmones.

   




El viaje



FOTO: Le apeadero, José del Río Mons

                          
           Juli√°n mir√≥ hacia atr√°s por √ļltima vez antes de subir al tren. La estaci√≥n estaba completamente vac√≠a. De las pocas farolas que hab√≠a, una estaba fundida y varias parpadeaban y parec√≠a que iban a apagarse de un momento a otro. En medio de aquella oscuridad, Juli√°n sinti√≥ que una parte de su alma se resist√≠a a abandonar aquel lugar. Fue el peso de algo que se posaba sobre su hombro lo que le hizo volver en s√≠.

           -¬ŅLe importar√≠a subir, se√Īor? ‚Äďdijo uno de los viajeros mientras le daba golpecitos impaciente.

            Le falt√≥ poco para tropezar al subir los escalones por los que se entraba al vag√≥n. Afortunadamente, el viajero que iba detr√°s lo sostuvo, aunque no logr√≥ evitar que la maleta cayera rodando hasta la v√≠a. La cremallera se rasg√≥, y entre los dos cerraron el macuto con un cintur√≥n. Cuando Juli√°n encontr√≥ su asiento, dej√≥ la maleta como pudo en el portaequipajes y se sec√≥ el sudor de la frente con un pa√Īuelo. Ten√≠a el ce√Īo fruncido porque, adem√°s de todo, le hab√≠a tocado justo enfrente del ba√Īo, y los ruidos de la puerta no le dejar√≠an dormir. Por lo menos estaba al lado de la ventana, en eso la se√Īora de la taquilla le hab√≠a hecho caso.

            Mir√≥ el reloj y se dio cuenta de que a esas horas ya deb√≠a de haber llegado a Madrid, pero el tren que sali√≥ antes que ellos hab√≠a tenido una aver√≠a y tuvieron que esperar varias horas a que desalojaran las v√≠as. Los pasajeros entraban de mal humor, ri√Īendo entre ellos o hablando por los m√≥viles. ¬ęNo, no vengas a recogerme, coger√© un taxi¬Ľ. ¬ęYo no tengo la culpa de que se haya retrasado‚Ķ¬Ľ Un hombre se le acerc√≥ y comenz√≥ a decirle que no hab√≠a derecho, que aquello era una falta de todo, y Juli√°n confirmaba sus quejas asintiendo con la cabeza, aunque √©l no ten√≠a motivos para quejarse, porque sab√≠a que en Madrid no hab√≠a nadie esper√°ndole. Pero aquella impaciencia era pegadiza y se contagiaba como un virus.

            Mir√≥ por la ventanilla. El cartel donde estaba escrito el nombre del pueblo segu√≠a con los mismos grafittis de hac√≠a a√Īos. Juli√°n hab√≠a puesto varias quejas en el ayuntamiento, porque el nombre del pueblo no se distingu√≠a bien, y mucha gente se equivocaba de estaci√≥n, y √©l ten√≠a que avisarla por megafon√≠a varias veces. Algunos incluso hab√≠an entrado en la cabina y le hab√≠an dicho que a ver si hac√≠a algo, y √©l siempre dec√≠a lo mismo: que no pod√≠a hacer nada, que ya lo hab√≠a dicho en el ayuntamiento pero que no le hac√≠an caso. Le resultaba gracioso que la gente fuera hasta la cabina del ferroviario expresamente para eso, como si √©l tuviera la culpa de que los chicos del instituto fueran tan inciviles.

            Son√≥ un silbato y la m√°quina tembl√≥ bajo sus pies hasta que comenz√≥ a moverse lentamente haciendo mucho ruido, como si le costara trabajo. Juli√°n no pudo reprimir una sonrisa, porque acababa de darse cuenta de que era la primera vez que viajaba en tren como pasajero y no como conductor. Pero entonces sinti√≥ un vac√≠o en el est√≥mago, y la risa se volvi√≥ amarga, y le doli√≥ no volver a viajar desde la cabina nunca m√°s. Atr√°s quedaba la indefinible sensaci√≥n de plenitud al contemplar ante √©l las dos v√≠as que siempre se prolongaban, como si le retaran a una ardua batalla perdida de antemano. Atr√°s los avisos por megafon√≠a, las incursiones de pasajeros impertinentes que no quer√≠an grafittis en la estaci√≥n. Pero aquello no deb√≠a importarle, porque s√≥lo ten√≠a treinta y cinco a√Īos, y ya se hab√≠a enterado de varios empleos que le interesaban en Madrid.

            Apoy√≥ la cabeza contra la ventanilla y sinti√≥ que el fr√≠o se extend√≠a por todo su cuerpo. Ante sus ojos pasaban muy r√°pidamente formas confusas que desaparec√≠an antes de que le diera tiempo a saber lo que eran, como si fueran devoradas por la velocidad y la noche. Sin embargo, al pasar una curva distingui√≥ perfectamente un ramo de flores atado a un poste justo al lado de las v√≠as. Con la velocidad del tren, varios p√©talos de margaritas salieron volando. Despu√©s ya no vio nada m√°s, porque en cuesti√≥n de segundos cerr√≥ las cortinas sin poder reprimir un escalofr√≠o.

            Treinta y cinco a√Īos no eran tantos. La pobre Mar√≠a se hab√≠a quedado destrozada. No tendr√≠a que haber albergado esas ilusiones; al fin y al cabo, √©l nunca le hab√≠a mencionado la palabra boda en los tres a√Īos que llevaban saliendo. Y era verdad que se conoc√≠an desde ni√Īos y que todo el pueblo estaba convencido de que terminar√≠an cas√°ndose, pero las cosas no suceden como las planean otros. Aunque ten√≠a que reconocer que la decisi√≥n hab√≠a sido muy precipitada, y que no se ve√≠a venir, y que por eso sorprendi√≥ tanto a todos, que hasta la panadera solt√≥ sus l√°grimas cuando se enter√≥: ¬ęPero volver√° por aqu√≠, ¬Ņverdad se√Īor Juli√°n?¬Ľ Y √©l o√≠a esas s√ļplicas como quien oye llover, torciendo un poco los labios en un amago de sonrisa, para que cada cual interpretara el gesto a su manera. Con Mar√≠a hab√≠a sido distinto, que hasta se le puso un nudo en la garganta. ¬ę¬ŅY te vas as√≠, sin m√°s, sin darme ninguna explicaci√≥n?¬Ľ Y se fue as√≠, sin m√°s, porque no sab√≠a qu√© explicaci√≥n darle.  

            En el vag√≥n todo era silencio; un silencio mucho m√°s fuerte que el traqueteo del tren y que los ronquidos de algunos pasajeros; un silencio que retumbaba en los o√≠dos de Juli√°n como gritos de s√ļplica y de reproche. Cambi√≥ de postura una y otra vez, pero no logr√≥ dormirse. Le hubiera gustado que pusieran una pel√≠cula, y hasta pens√≥ dec√≠rselo al conductor, pero cambi√≥ de opini√≥n en seguida, porque no quer√≠a volver a sentir aquel vac√≠o en el est√≥mago si entraba en la cabina. Ya nunca m√°s viajar√≠a en cabina, ni volver√≠a a escuchar las quejas de pasajeros impertinentes, ni avisar√≠a por megafon√≠a la llegada al lugar donde muchachos incivilizados de instituto se divert√≠an pintando paredes.

            La gente del pueblo no hab√≠a aprobado su decisi√≥n. Dec√≠an que ya ten√≠a treinta y cinco a√Īos, que estaba en edad de casarse y de formar una familia, y no de montarse una vida nueva en la capital, que a saber lo que se encontrar√≠a all√≠. Como si √©l no supiera bien la edad que ten√≠a y tuvieran que andar otros record√°ndoselo; o como si aquel viaje fuera por puro placer.

           Mar√≠a era bastante m√°s joven que √©l, y sab√≠a de buena tinta que varios en el pueblo andaban detr√°s de ella, as√≠ que no tendr√≠a mucho problema: en menos de un a√Īo podr√≠a estar casada y esperando el primer hijo, y quiz√° no volviera a pensar en √©l. A Juli√°n nunca le hab√≠a extra√Īado que la gente se quedara mir√°ndola al pasar y tampoco le molestaba. Era l√≥gico, con aquellos ojos que ten√≠a. Y en el fondo se enorgullec√≠a, porque ella s√≥lo le miraba a √©l, como si no existiera nadie m√°s. La hab√≠a visto antes en el and√©n, y eso que le hab√≠a hecho prometer que no ir√≠a. Menos mal que desapareci√≥ en medio de la marabunta confusa por el retraso del tren. No hubiera podido soportar mucho tiempo aquellos ojos con esa mezcla de tristeza y de reproche. Despu√©s, estuvo todo el tiempo de la espera recorriendo el and√©n, arriba y abajo, mordi√©ndose las u√Īas como un poseso y mirando hacia todos los lados, como si le estuvieran espiando. Y empez√≥ a sentirse terriblemente culpable, y a notar la urgencia de llegar a Madrid, donde nadie le esperaba, donde se perder√≠a en una masa de ciudadanos iguales, y no existir√≠a para nadie, ni habr√≠a ojos mir√°ndole as√≠.

           La puerta del ba√Īo cruj√≠a cada vez que se abr√≠a o cerraba, despidiendo un vago olor como de v√≥mito. Juli√°n se levant√≥ para buscar alg√ļn otro asiento que estuviera libre, y encontr√≥ uno al fondo, al lado de una anciana que mov√≠a los labios como si hablara, pero que no dec√≠a nada.

            -¬ŅPuedo sentarme?

            Por toda respuesta, la mujer apart√≥ una peque√Īa bolsa de mano del asiento. En ese momento, un rosario de bolas marrones se escurri√≥ entre sus dedos y cay√≥ al suelo.

            -No se preocupe ‚Äďdijo la anciana. Pero Juli√°n ya se hab√≠a agachado a cogerlo. Cuando fue a d√°rselo, la se√Īora le mir√≥ extra√Īada, como si le hubiera reconocido de pronto. Pero en seguida desvi√≥ la mirada y dijo simplemente:

           -Muchas gracias, se√Īor. No me pod√≠a dormir, ¬Ņsabe?

           -Yo tampoco, la puerta del ba√Īo no deja de sonar. ¬ŅEs suyo ese peri√≥dico?

           -S√≠, pero puede cogerlo.

           La anciana retom√≥ su sordo bisbiseo mientras pasaba las cuentas del rosario con los ojos entornados. Juli√°n, sin saber por qu√©, empez√≥ a sentirse terriblemente inc√≥modo, y hasta dese√≥ volver a su sitio de antes, aunque oliera a v√≥mito y la puerta chirriara sin parar. Instintivamente, cogi√≥ el peri√≥dico con la esperanza de que se le pasara aquella sensaci√≥n, pero, al ver la portada, el coraz√≥n comenz√≥ a latirle muy deprisa. La foto de aquella ni√Īa ocupaba pr√°cticamente toda la p√°gina. Encabez√°ndola, con letras grandes, el titular: ¬ęUna chica de quince a√Īos se suicida lanz√°ndose a las v√≠as del tren¬Ľ. En las p√°ginas siguientes, la foto de la estaci√≥n. El nombre del pueblo no se distingu√≠a bien, porque los grafittis lo tapaban. Tambi√©n una imagen de unas v√≠as en curva; las mismas v√≠as donde poco antes hab√≠a visto con tanta claridad un ramo de margaritas. Pas√≥ fren√©ticamente las hojas hasta llegar a una presidida por su propia cara en blanco y negro. Las primeras frases se destacaban en negrita: ¬ęEl conductor del tren declar√≥ ante el juzgado que vio claramente a la ni√Īa c√≥mo se lanzaba a las v√≠as segundos antes de que pasara el ferrocarril. A√ļn no se han encontrado testigos que avalen su declaraci√≥n¬Ľ.

            El peri√≥dico tembl√≥ ligeramente en sus manos. La tinta se mezcl√≥ con el sudor, de modo que las letras empezaron a hacerse ininteligibles. Juli√°n descubri√≥ que ten√≠a la mano manchada de negro, y que una gotita le corr√≠a por el antebrazo, formando un reguero sucio de sudor y tinta.

           A su lado, la anciana recitaba las letan√≠as cada vez m√°s alto: ¬ęRefugio de los pecadores‚Ķ Consoladora de los afligidos‚Ķ Auxilio de los cristianos‚Ķ¬Ľ De pronto, Juli√°n not√≥ algo que le sub√≠a hasta la garganta, y sinti√≥ unos deseos incontrolables de llorar. Quiz√° esa se√Īora pudiera entender que se hab√≠a tratado de un accidente; que al pasar la curva y ver a aquella ni√Īa cruzar las v√≠as, no hab√≠a tenido tiempo de frenar. Justo entonces, cuando le parec√≠a imposible reprimir las l√°grimas por m√°s tiempo, la anciana termin√≥ su letan√≠a y le mir√≥ como nunca nadie le hab√≠a mirado. Juli√°n pens√≥ que la compasi√≥n no pod√≠a ser otra cosa que aquellos ojos que le observaban desde el asiento de al lado. Un segundo despu√©s, le pareci√≥ ver que la anciana sonre√≠a. Era una sonrisa llena de misericordia, como si ya nada pudiera importar en el mundo salvo seguir mirando a aquella desconocida y llorar, llorar y llorar. Pero justo entonces, la mujer, sin dejar de sonre√≠r, le dijo casi en un susurro:

            -Las margaritas eran las flores preferidas de mi nieta.

            Aquello fue como un jarro de agua fr√≠a, y por eso Juli√°n ya no pudo seguir mirando m√°s a aquella se√Īora, y tuvo que levantarse de un salto, haciendo que el peri√≥dico cayera al suelo. La se√Īora se agach√≥ para recogerlo, a pesar de que ya estaba reblandecido por el sudor y pr√°cticamente ilegible en algunas zonas. Despu√©s de ordenarlo todo y doblarlo cuidadosamente, agarr√≥ de nuevo el rosario y emprendi√≥ su bisbiseo.

            La puerta del ba√Īo produjo un ruido sordo al abrirse. Ol√≠a a v√≥mito. Por el retrete sobresal√≠an trozos de papel higi√©nico, como si se hubiera atascado. El espejo le devolvi√≥ una mirada tan blanca y g√©lida que se asust√≥. Juli√°n abri√≥ el grifo del lavabo y, mientras sent√≠a el agua fr√≠a en sus mu√Īecas, el reflejo de su cara fue recuperando el color. Luego apret√≥ el dep√≥sito del jab√≥n, pero estaba vac√≠o. Cuando sali√≥, la puerta produjo de nuevo aquel sonido chirriante y se dio cuenta de que algunas caras so√Īolientas le miraban con reproche. Se sent√≥ en su sitio de antes, porque ya no le importaba que oliera a v√≥mito.

            A su lado, dos se√Īoras comenzaron a murmurar mientras miraban descaradamente a la anciana que se sentaba al fondo del vag√≥n:

            -Desde que ocurri√≥ lo de su nieta no deja de rezar rosarios, la pobre ‚Äďdijo una de ellas.

            -Yo tambi√©n lo har√≠a ‚Äďrespondi√≥ la otra, con un deje de autosuficiencia en la voz‚ÄďAunque no creo que unos cuantos rosarios sirvan para salvarla.

            -¬°No! No los reza por su nieta ‚Äďexclam√≥ la primera‚Äď. Ella no deja de decir que su nieta no se suicid√≥.

            -Y entonces, ¬Ņpor qui√©n los reza?

           -¬ŅPues por qui√©n va a ser? Por el conductor del tren, mujer, por el conductor del tren.

           Juli√°n baj√≥ la mirada y se encontr√≥ con que sus manos segu√≠an ligeramente manchadas de tinta, y en el antebrazo aquel reguero negro, porque en el ba√Īo no quedaba jab√≥n y no hab√≠a podido limpiarse.




Blanca √Ālvarez de Toledo

Nacida en Madrid en el a√Īo 1985. Recientemente licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado como becaria en el diario La Gaceta de los Negocios, adem√°s de en la agencia de publicidad Screenvision. En el √ļltimo curso de carrera recibi√≥ una beca del Ministerio de Educaci√≥n y Ciencia que le permiti√≥ colaborar en el Departamento de Lengua y Literatura de la Facultad de Ciencias de la Informaci√≥n de la Universidad Complutense. Actualmente estudia el curso de doctorado en dicho departamento y prepara un proyecto de tesis doctoral en el campo de la literatura.

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