Donde hay amor, hay visión (Ubi amor, ibi oculus) - Ricardo de San Víctor



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Un relato de Eduardo Mu√Īoz
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El piano eléctrico
Eduardo Mu√Īoz Garc√≠a



 El piano el√©ctrico

Las escaleras mec√°nicas hab√≠an fallado una vez m√°s en aquella estaci√≥n de metro. De vez en cuando descend√≠a alguna persona sin sorprenderse por la presencia de dos chiquillos que, apoyados en la pared, permanec√≠an inm√≥viles mientras escuchaban la canci√≥n de una viejita que se acompa√Īaba de un desafinado piano alimentado por una bater√≠a.  La armoniosa voz de aquella mujer ciega contrastaba con las destempladas notas que emanaban del instrumento. Junto a ella reposaba un sombrero de fieltro negro vuelto hacia arriba. La gente suspend√≠a la respiraci√≥n cuando le alcanzaba aquella sedante canci√≥n. No era de extra√Īar que al final de la jornada aquel gracioso sombrerillo se encontrase repleto de monedas.

 

 Los dos pilluelos aprovecharon un intervalo en que ning√ļn viajero aparec√≠a a la vista, y de com√ļn acuerdo, uno se apoder√≥ del peque√Īo instrumento, mientras otro as√≠a el sombrero, corriendo escaleras arriba hasta perderse entre el gent√≠o. De nada sirvi√≥ el sollozo de la invidente, ni su alerta a los vigilantes, pues nadie pudo alcanzar a aquellos rapaces.

 

En la jornada posterior, la voz de aquella mujer resonaba desnuda bajo la bóveda de la estación. Aquellas notas suspirantes denotaban su turbación interior. El silencio de las escaleras inmóviles arrullaba sus canciones y la gente, conmovida, depositaba su óbolo en la funda que había albergado su pianola.

 

Los pillastres habían regresado, confundidos entre los viajeros. Uno se situó en la esquina que dominaba el andén para avisar cuando no se aproximase nadie. El otro, en el momento adecuado, aferró la funda con las monedas y corrió sin detenerse para unirse a su cómplice en el sitio concertado.

 

Los dos adolescentes con sus trajes ajados y la expresi√≥n de hambre en sus rostros deambularon por las c√©ntricas calles saturadas de tiendas que exhib√≠an toda la gama existente de art√≠culos capaces de atraer su atenci√≥n. Con los bolsillos repletos de dinero sent√≠an un irrefrenable impulso de  gastarlo cuanto antes.

 

El d√≠a siguiente una sonrisa iluminaba la cara p√°lida de los dos mozalbetes. Juntos acechaban, mientras o√≠an la dulce y desgarrada voz de la anciana. Uno de ellos se cubr√≠a con el sombrerillo robado. El otro portaba un peque√Īo envoltorio. Las monedas estaban esparcidas sobre un pa√Īo oscuro colocado en el suelo.

 

Aprovechando un instante en que no pasaba nadie, los dos muchachos, con movimientos rápidos, se aproximaron a su víctima. Mientras uno, tras descubrirse, recogía las monedas y las dejaba caer en el sombrero, que depositaba a los pies de la anciana, el otro extraía de su funda un refulgente piano nuevo y lo emplazaba delante de la viejita.

 

Ella  percibi√≥ el gesto. Sus manos se extendieron. Le hubiese gustado palpar  la cara de sus benefactores, pero solo pudieron recoger las l√°grimas que lam√≠an sus propias mejillas.

 

Los chicos corrieron juntos hacia la salida. Las escaleras mec√°nicas recuperaron su movimiento, acompa√Īando el eco alegre de sus risas. No pod√≠an disimular el entusiasmo que les dominaba. Nada m√°s llegar a  la superficie el destello de sus ojos se nubl√≥, no por el relente del atardecer sino por el fr√≠o contacto de los grilletes que los polic√≠as encadenaban a sus manos.

     




Eduardo Mu√Īoz Garc√≠a

Nacido en Madrid en 1942. Es Licenciado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Estudios Interculturales y Literarios por la misma universidad. Actualmente prepara un proyecto de tesis doctoral en la Facultad de Ciencias de la Información.

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