Temo que no nos libramos de Dios, porque creemos todavía en la gramática - Friedrich Nietzsche



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Te vendo mi corazón
Un relato de Alejandro José López
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Te vendo mi corazón
Alejandro José López

 


Te vendo mi coraz√≥n 

   Ilustraci√≥n: Willington Giraldo
             Mientras viajaban por la autopista, Valentina Price y Michael Rodr√≠guez procuraron hablarse lo menos posible. No porque estuvieran disgustados, ni porque se malquisieran; simplemente su instinto mercantil -aguzado durante decenas de seminarios relativos a ventas y otros muchos eventos sobre marketing- les indicaba que el silencio estrat√©gico era siempre el mejor recurso para un ejecutivo de verdad. Su encuentro, sin embargo, no se deb√≠a a intereses comerciales. En realidad, se hab√≠an conocido dos semanas atr√°s en un simposio organizado por la AIVI -Asociaci√≥n Internacional de Vendedores Infalibles- en el cual Valentina debut√≥ como conferencista. Gracias a las pol√≠ticas de capacitaci√≥n impulsadas por la empresa donde Michael prestaba sus servicios, √©l tuvo la posibilidad de asistir en calidad de participante. Fue all√≠, durante el coctel de cierre, donde conversaron por primera vez. Cierto: fueron pocas palabras y s√≥lo un par de miradas, pero resultaron suficientes para expresar su empat√≠a e intercambiar n√ļmeros telef√≥nicos.

             Ahora Valentina y Michael iban rumbo al mejor restaurante italiano de la ciudad en el carro que ella hab√≠a comprado el a√Īo anterior, un Mc-Waguen deportivo. Dado que ambos llevaban gafas de espejuelos, cada uno pudo estudiar con discreci√≥n el aspecto del otro antes de aventurarse al verbo. Cuando ella volv√≠a la mirada, supuestamente para consultar el retrovisor alterno, lo que hac√≠a era escrutar la gala de Michael: pantal√≥n negro Ives Saint Vendetta, de prenses; camisa y chaqueta celestes con el sello High Fingerito. Excelente. √Čl oteaba un imposible horizonte lateral, lo que le permit√≠a admirar las cirug√≠as de Valentina: nasoplastia tipo Crawford y siliconas para busto XL. Estupendo. Entre su primer encuentro y √©ste s√≥lo hab√≠an mediado tres llamadas de celular -dos veces disc√≥ √©l; ella, una-, todas con pretextos veros√≠miles pero con la misma desviaci√≥n tem√°tica: la soledad es una p√©sima opci√≥n, sobre todo los domingos. Por esa v√≠a llegaron a la cita que al fin hoy se cumpl√≠a. Y como transcurri√≥ un buen rato desde que Valentina lo hab√≠a recogido, Michael comprendi√≥ la necesidad de romper el silencio. El problema era que no se le ocurr√≠a c√≥mo. Quiz√°s fuera oportuno, pens√≥, empezar por admitirlo:

             -¬ŅCu√°l es tu lenguaje favorito?

             -¬ŅLenguaje?

             -O sea: qu√© tipo de mensajes te agradan...

             -Ah, mensajes -Valentina inclin√≥ la cabeza, como quien piensa en algo trascendental; luego sentenci√≥-: la publicidad es la poes√≠a contempor√°nea.

             Michael se sinti√≥ un poco desconcertado. No es que objetara esa afirmaci√≥n, pero s√≠ esperaba otro tipo de respuesta. Reformular la pregunta, no obstante, le pareci√≥ improcedente. Lo mejor era seguir la corriente:

             -Sin duda que lo es; pero cu√°l expresi√≥n te resulta m√°s grata.

             Esta vez Valentina mantuvo su perspectiva en lontananza, contemplando el paisaje de la ciudad. Al constatar que el entorno se hallaba repleto de pancartas y pasacalles, sus ojos resplandecieron alborozados:

             -Nada como el hechizo de las vallas.

             Michael asinti√≥ con la cabeza. Despu√©s de esto, los dos se limitaron a admirar tranquilamente los avisos gigantes que flanqueaban la autopista. Ahora mismo atravesaban, de hecho, un sector caracterizado por la feroz competencia entre letreros de bebidas gaseosas: Tranky-Cola, ¬ęT√≥mala con calma¬Ľ; Fresh-Plus, ¬ęDistingue tu sed¬Ľ; Light-Cola, ¬ęPara que nada te pese¬Ľ. As√≠, acogidos al silencio prescrito para las transacciones importantes, llegaron al restaurante. En lo que toca al momento de la comida, no hay mucho por contar. Baste con la anotaci√≥n de dos halagos para el vino chileno y uno para la pasta. S√≥lo diremos, por lo dem√°s, que √©l despleg√≥ sus amables maneras y ella su elegante simpat√≠a. Lo fundamental -es decir, la forma como logr√≥ Michael saber lo que necesitaba sobre los gustos de Valentina- ya se ha relatado. Con esto tenemos que nuestro mercadotecnista estar√≠a en condiciones de preparar una estrategia para seducir a la gerente de ventas en el pr√≥ximo encuentro. Ya veremos.

             Al comienzo de la siguiente semana, Michael recibi√≥ una estupenda noticia: los ejecutivos de Fresh-Plus lo citaban para una entrevista laboral. Como nunca llegaron a ponerse de acuerdo sobre los honorarios, √©l olvid√≥ la oferta que le hab√≠an hecho el semestre anterior. Lo presente podr√≠a implicar que esta vez aceptaban sus requerimientos. Ese mismo lunes en la tarde, durante la reuni√≥n sostenida con ellos, constat√≥ que as√≠ era. Ya en la noche, presa del entusiasmo que le produc√≠a pasar a las grandes ligas en √≥ptimas condiciones -Fresh-Plus era una multinacional-, concibi√≥ un plan para concretar su asunto con Valentina. √Čsa ser√≠a, desde luego, la mejor de todas las celebraciones posibles. El martes, despu√©s del trabajo, se dio a los preparativos. Lo primero fue llamar a Valentina para convenir una nueva cita. Ella acept√≥ encantada y estuvo de acuerdo en regresar el domingo por la noche al restaurante italiano. La segunda parte de la maniobra, en cambio, se volvi√≥ problem√°tica. Decidido como estaba a no perder tiempo, Michael se dirigi√≥ sin previo aviso al apartamento de soltero que ten√≠a John Carlos, un publicista amigo suyo. A pesar de lo inoportuna que result√≥ su presencia all√≠ -el anfitri√≥n se hallaba √≠ntimamente acompa√Īado-, fue atendido con amabilidad:

             -¬ŅA qu√© debo el honor de tu visita?

             El sudor corr√≠a a chorros por la frente de John Carlos. Obsesionado con su proyecto, Michael pareci√≥ no darse cuenta. Tampoco le otorg√≥ significado alguno a la bata de ba√Īo con que el otro se cubr√≠a precariamente.

             -Lo m√≠o es algo urgente, hermano.

             -Eso espero -dijo el publicista al escuchar de su amigo semejante afirmaci√≥n y, como no vio alternativa diferente, lo invit√≥ a seguir.

             -Necesito una valla -explic√≥ Michael, ansioso, mientras se acomodaba en una de las poltronas; luego se puso a examinar la sala-estudio: implementos de fotograf√≠a y dibujo, repisas para libros y discos compactos, estanter√≠as atiborradas de revistas y videos.

             -J√ļrame que tu emergencia se debe a un caso ¬ęgrav√≠simo¬Ľ de espionaje comercial, o algo por el estilo.

Sin perder su jovialidad, John Carlos ocup√≥ otro de los sillones. Con picard√≠a, dirigi√≥ sus ojos a la mesita de centro, indic√°ndosela a su amigo. √Čste comprendi√≥ el gesto y pos√≥ en ella su mirada. Descubri√≥ all√≠ dos copas de licor a medio llenar.

             -Se trata de una mujer -declar√≥ Michael.

             -Por supuesto, idiota.

             -No, hombre, me refiero a lo m√≠o.

             -¬°Ah! En ese caso -corrigi√≥ el anfitri√≥n, baj√≥ la voz hasta el grado del cuchicheo y, mirando de reojo hacia su habitaci√≥n, continu√≥-, lo mejor es contratar un servicio a domicilio...

             Michael se turb√≥. El sentido com√ļn lo ordenaba claramente: deb√≠a abandonar el apartamento, en el acto. Por otra parte, sin embargo, no pod√≠a irse sin haberle formulado su encargo al publicista. Intentar√≠a un √ļltimo recurso, algo dram√°tico. Se aclar√≥ la garganta y ensay√≥ un tono circunspecto:

             -Estoy enamorado.

             John Carlos solt√≥ una carcajada:

             -No me veng√°s con esos mitos antiguos; vos sab√©s: eso se lo hab√≠an inventado para intimidar a las mujeres, para garantizar que llegaran v√≠rgenes al matrimonio y bla, bla, bla...

             -En serio, hermano -insisti√≥ Michael-: conoc√≠ a la mujer de mi vida.

             -No vamos a discutirlo; te doy quince minutos para decirme qu√© quer√©s y desaparecer.

             A Michael le pareci√≥ una oferta razonable; as√≠ que, tan r√°pido como pudo, le cont√≥ a su amigo lo de Fresh-Plus y sus planes para la celebraci√≥n del pr√≥ximo domingo. As√≠ llegaron al tema central: el dise√Īo de la valla con la cual Michael esperaba sorprender a Valentina declar√°ndole su amor. A esta parte, John Carlos tomaba nota en una libreta que apoyaba sobre su rodilla:

             -¬ŅQu√© le quer√©s decir?

             -No s√© -titube√≥ Michael-, algo que suene bonito y que no sea tan expl√≠cito: ¬ęMe gustas mucho‚ÄĚ, por ejemplo.

             El publicista se incorpor√≥ y, tomando un vadem√©cum de su estanter√≠a, se puso a consultar:

             -Hay que mirar primero el Registro de Derechos de Autor, vos sab√©s, para no perder tiempo con un dise√Īo que despu√©s no podamos exhibir. A ver: ¬ęMe gustas mucho¬Ľ. No, hermano, √©se lo tiene una compa√Ī√≠a que vende hamburguesas. Pens√° en otra cosa...

             -¬°Ya s√©! -dijo Michael-: ¬ęTe quiero¬Ľ.

­              -Veamos -sigui√≥ hojeando Jonh Carlos-. Imposible: √©se es el eslogan del primer autom√≥vil convertible que sac√≥ Mc-Waguen. Segu√≠ pensando...

             -Va a tocar algo m√°s directo -se lament√≥ Michael-: ¬ęTe amo¬Ľ.

             -¬ęTe amo¬Ľ  -busc√≥ el otro-. No: es propiedad de una transnacional que dise√Īa computadoras. Ni siquiera le han asignado producto, pero a ellos les gusta aventajar en todo; le llaman ¬ęLa Estrategia Bill¬Ľ.

             Al cabo de un momento de silencio, el publicista levant√≥ la mirada y not√≥ que su amigo empezaba a agobiarse.

             -Y por qu√© no omitimos las palabras... Puede que se nos ocurra una idea interesante si nos limitamos a lo gr√°fico.

             -¬°Excelente! -exclam√≥ Michael recuperando la esperanza-. ¬ŅQu√© tal un coraz√≥n?

             Ahora fue John Carlos quien se angusti√≥:

             -C√≥mo se te ocurre, pendejo. ¬ŅEs que no conoc√©s la historia de ¬ęI Love New York¬Ľ? √Čse es un cl√°sico de la publicidad y lo tienen registrado desde hace d√©cadas.

             Despu√©s de una ardua labor que desbord√≥ el plazo fijado inicialmente, los dos amigos por fin lograron una caracterizaci√≥n general de la valla. Se tratar√≠a de un dibujo sencillo, sin palabras: una pareja.  El hombre le entregaba a la mujer un regalo envuelto al estilo celebraci√≥n. Perfecto. Cuando se estaban despidiendo, pas√≥ por la sala-estudio una mujer vestida con minifalda y blusa ombliguera. Sin detener su marcha entre la habitaci√≥n y la puerta de salida, dijo:

             -Chao, cari√Īo...

             John Carlos se llev√≥ ambas manos a la cabeza:

             -¬°Qu√© pas√≥!

             Todav√≠a desliz√°ndose el labial por su boca, la mujer protest√≥:

             -Hablamos de una hora, ¬Ņo key?  Pues ya pasaron cincuenta minutos...

             El publicista se apresur√≥:

             -En   los   diez   que   me   quedan   podemos   resolver   lo   nuestro,   lo   juro... -inmediatamente, dirigi√©ndose a su amigo, decret√≥-: ¬°Esfumate!

             Michael obedeci√≥.

             Y aqu√≠ los tenemos de nuevo -domingo, autopista, exterior, noche-, rumbo al restaurante italiano. Ella iba vestida con un traje Imp√©ratrice: pantal√≥n negro, de chaliz, blusa y chaquetilla negras, de seda, bordadas en luto con motivos √°rabes. Preciosa. √Čl llevaba puesto un vestido entero Ives Saint Vendetta, color turquesa, y camisa beige. Impecable. Pero evitemos las descripciones excesivas; al fin y al cabo, lo que interesa, llegados a este punto, es la reacci√≥n de Valentina cuando vio la valla. Bueno, m√°s exacto ser√≠a decir: cuando Michael se la hizo ver, lo cual estaba presupuestado en la operaci√≥n, pues, sin su concurso, lo m√°s probable era que √©sta pasara inadvertida en el circundante bosque de avisos. Dec√≠amos, entonces, que iban as√≠: el viento se colaba por las ventanillas del Mc-Waguen deportivo y mov√≠a el flequillo de la conductora; el pasajero, conforme avanzaban, se notaba cada vez m√°s impaciente -a juzgar por la manera como se tomaba las manos-. Valentina decidi√≥ intervenir:

             -¬ŅEst√°s bien?

             -S√≠, claro.

             Michael se dio cuenta de su error estrat√©gico. Necesitaba ahora invertir el efecto adverso o, como se dec√≠a en los seminarios de marketing, ‚Äúcapitalizar la falla‚ÄĚ. A pesar de que se aproximaban al paraje donde hab√≠a instalado la sorpresa, √©l relaj√≥ conscientemente los m√ļsculos de su cara e insinu√≥:

             -¬ŅNo vamos un poco r√°pido?

             -Ah, te desagrada la velocidad.

             -No es eso; m√°s bien dir√≠a que me gustan mucho las vallas de este sector...

             -De acuerdo -dijo Valentina devolviendo en dos los cambios del carro para mermar el paso.

             -Esa de all√°, por ejemplo -se√Īal√≥ Michael la que ilustraba a un hombre obsequioso con  una mujer-; ¬Ņqu√© tal si paramos para verla mejor?

             -¬ŅTe gustar√≠a?

             -S√≠.

             Se detuvieron y durante varios minutos se dedicaron a curiosear: Valentina, el dibujo de la pareja; Michael, disimuladamente, las reacciones de ella. Para desdicha de √©l, una gerente de ventas est√° rigurosamente entrenada en ocultar sus impresiones. Transcurri√≥ un momento de quietud.

             -¬ŅSeguimos?

             -Aj√° -respondi√≥ √©l esforz√°ndose por disimular su ansiedad; a continuaci√≥n, como si cualquier cosa, agreg√≥-: en el restaurante hablamos de la valla, ¬Ņvale?

             Valentina hizo un gesto afirmativo y reemprendi√≥ la marcha. Ya sentados a la mesa, mientras  tomaban  la  primera  copa  y  luego  de  haber  coincidido  en  la  misma  orden -fetuccini mediterr√°neo-, retomaron el tema. Fue Michael, desde luego, quien lo propuso:

             -Y bien, ¬Ņqu√© te pareci√≥?

             Con la serenidad de quien sabe analizar fr√≠amente, ella se dio un sorbo de vino tinto y manifest√≥:

-Para serte franca, se me hizo pobre.

             Michael sinti√≥ que el alma se le congelaba. Un sudor glacial recorri√≥ su espalda y su frente; con todo, consigui√≥ fingir tranquilidad:

             -Pobre en qu√© sentido...

             -Por la ausencia de palabras, se advierte que es una campa√Īa para generar expectativa; pero le hace falta audacia gr√°fica, ¬Ņno te parece? Incluso la idea es demasiado corriente. No creo que sea injusto decirlo: ese creativo carece por completo de talento.

             En ese instante, Michael percibi√≥ que estaba ante una mujer engre√≠da y se reproch√≥ a s√≠ mismo por no haberlo notado antes. Detall√≥ sus gestos. S√≠: eran altivos, despectivos, insufribles. De cualquier modo -recapacit√≥ antes de continuar-, la cordialidad es el distintivo del caballero:

             -Yo le reconocer√≠a, al menos, el m√©rito de la sencillez.

             Ella lo medit√≥ unos segundos y despu√©s agreg√≥:

             -Pero tal vez raya en la simpleza.

             Por fortuna, el pedido lleg√≥ justo a tiempo para evitar que se produjera una desavenencia; as√≠ que la cena transcurri√≥, en lo sucesivo, pr√°cticamente en silencio. Tan pronto terminaron de comer, y tras haber solicitado la cuenta, √©l se dispuso a referir lo de su nuevo contrato laboral. Ya no le interesaba avanzar en nada respecto de Valentina; pero aprovechar√≠a la oportunidad para hacerle saber, eso s√≠, que no s√≥lo ella era una persona de √©xito.

             -Quiero compartirte algo -dijo √©l acomod√°ndose la solapa-: esta semana firm√© con Fresh-Plus.

             Ella se qued√≥ estupefacta y sus gestos, esta vez, la delataron: se ve√≠a desconcertada. Michael consider√≥ esto como una prueba indiscutible de su soberbia. De todas formas, hab√≠a que constatarlo:

             -¬ŅTe desagrada?

             -¬°De ninguna manera! -se apresur√≥ Valentina-. Simplemente es que eso nos complica las cosas.

             -No te entiendo.

             Mir√°ndolo a los ojos, ella resolvi√≥ ser breve:

             -Ayer me contrataron como gerente general de Light-Cola.

             La despedida fue cort√©s; las palabras, como siempre, pocas. Decidieron salir por separado para evitar que alguien pudiera verlos juntos. Michael Rodr√≠guez tom√≥ un taxi y Valentina Price abord√≥ su Mc-Waguen. Ambos estuvieron de acuerdo en que no volver√≠an a encontrarse jam√°s. Una eventual acusaci√≥n de espionaje comercial era un riesgo que por ning√ļn motivo pod√≠an correr.  





Alejandró José López Cáceres

Alejandro José López Cáceres nació en Tuluá (Colombia), el 28 de julio de 1969. Se formó académicamente en la Universidad del Valle: licenciado en literatura, especialista en prácticas audiovisuales, magíster en literaturas colombiana y latinoamericana.

Ha sido finalista en varios concursos literarios a nivel nacional e internacional. Como realizador audiovisual, ha dirigido una docena de documentales para el Ministerio de Educación Nacional y el Ministerio de la Cultura, en Colombia. También ha sido catedrático de la Universidad del Valle, la Santiago de Cali y la Autónoma de Occidente.

Ha publicado un libro de cr√≥nicas: Tierra posible (1999), otro de ensayos: Entre la pluma y la pantalla: reflexiones sobre literatura, cine y periodismo (2003), otro de cuentos: Dal√≠ violeta (2005), y uno m√°s de cr√≥nicas y entrevistas de periodismo cultural: Al pie de la letra (2007).

Entre el 2004 y el 2008 dirigió la Escuela de Estudios Literarios, en la Universidad del Valle. Actualmente reside en Madrid y cursa estudios doctorales en la Universidad Complutense.




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