Los que bebemos del pozo, no hemos de olvidar a aquellos que lo cavaron - Refr√°n chino



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Paraíso perdido
Dos relatos de Blanca √Ālvarez
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El tiovivo
El refugio
Blanca √Ālvarez de Toledo



El tiovivo


 


FOTO: Alberto P. Veiga / http://media.photobucket.com/image/tiovivo/albertopveiga/tiovivo.jpg  

 

  Laura ve√≠a el mundo distinto desde ah√≠ arriba: su madre desaparec√≠a para volver a aparecer al cabo de unos segundos, salud√°ndola con la mano y sin dejar de sonre√≠r; los coches se suced√≠an unos a otros a una velocidad vertiginosa, formando una estela inacabable de distintos colores, como si se tratara del arco iris; el se√Īor de barba nunca se mov√≠a de su sitio, sentado donde los mandos, en una especie de caseta gris. Su cara, igual que la de su madre, aparec√≠a y desaparec√≠a una y otra vez, s√≥lo que la de √©l no tan claramente, porque hab√≠a veces en que la ventanilla de la caseta estaba sucia, o simplemente se empa√Īaba con la lluvia, y Laura apenas pod√≠a distinguir la silueta del viejo. Sin embargo, estaba segura de que tambi√©n le sonre√≠a, aunque fuera una sonrisa distinta de la de su madre. Y era por eso por lo que no pod√≠a evitar mirar hacia la caseta cada vez que pasaba frente a ella, porque era como si aquel se√Īor sonriera con la boca, con la barba, con los ojos, con todo lo que, a trav√©s del cristal, pod√≠a ver de √©l.

 

El viento despeinaba su pelo y, en los d√≠as de m√°s fr√≠o, notaba como si le cortara la cara, y ten√≠a que cerrar los ojos para que no se le llenaran de l√°grimas. As√≠, con los ojos cerrados, le parec√≠a que volaba en c√≠rculos interminables, como una de esas √°guilas que ve√≠a en el pueblo. Y la cancioncita que se repet√≠a una y otra vez desaparec√≠a, porque s√≥lo pod√≠a o√≠r el zumbido del viento en sus o√≠dos. Pero en seguida volv√≠a a abrir los ojos, porque no quer√≠a perderse la cara sonriente del se√Īor de la caseta.

 

El caballo rosa era su preferido, aunque, cuando se hizo más mayor, decidió cambiarlo por el coche descapotable. Luego fue cada vez una figura distinta y llegó un momento en que ya había probado todos los medios de transporte del tiovivo, y volvía a empezar por el caballito rosa con el mismo entusiasmo que la primera vez.


Su madre siempre acababa cediendo a los ruegos de su hija. Ni siquiera su padre pod√≠a negarse al ver aquella carita de emoci√≥n, con los ojos bien abiertos y las mejillas encendidas, como si por dentro hubiera estallado un volc√°n. Por eso, lleg√≥ un momento en que evitaban siempre pasar por delante del carrusel, salvo cuando era estrictamente necesario o cuando quer√≠an hacerle aquel regalo a la ni√Īa, casi siempre los domingos.

 

Uno de esos domingos se encontraron con que el tiovivo estaba cerrado, tapado con una inmensa lona azul. La sonrisa de Laura se desvaneci√≥ y su mirada se dirigi√≥ hacia la caseta. Estaba cerrada y no hab√≠a ni rastro del se√Īor de barba. Desprendi√©ndose de las manos de sus padres, corri√≥ a asomarse por la ventanilla y distingui√≥ una especie de cama min√ļscula con algunas mantas revueltas por el suelo y unos cuantos trastos m√°s. Y comenz√≥ a llorar desconsolada, porque no hab√≠a se√Īal del hombre ni de su sonrisa por ninguna parte. Y porque hab√≠a visto que la cama del se√Īor era m√°s peque√Īa que la suya, a pesar de que ella era mucho m√°s bajita; y que no ten√≠a ning√ļn edred√≥n como el suyo, y eso que todos dec√≠an que estaban en los d√≠as m√°s fr√≠os del invierno.   

 

 

***

 

Laura ve√≠a las figuras pasar ante sus ojos como manchas confusas en medio de la noche. El viento le daba con fuerza en la cara y pens√≥ que le ven√≠a bien para despejarse, porque los efectos del alcohol ya se estaban empezando a notar. El peinado que le hab√≠an hecho en la peluquer√≠a hab√≠a desaparecido por completo, pero no le import√≥, porque ya lo hab√≠an visto todos, y Javi ya le hab√≠a dicho lo guapa que estaba. En realidad, se lo hab√≠an dicho muchos aquella noche desde que sali√≥ de su casa. Menos mal que su padre no la vio salir, porque le habr√≠a hecho quitarse aquella minifalda, y habr√≠a comenzado la noche de mal humor. Laura sonri√≥ al recordar la frase que le lanz√≥ su madre desde el cuarto de estar mientras abr√≠a la puerta para irse: ¬ęNo llegues demasiado tarde¬Ľ. Habitualmente asent√≠a con cierta gracia, pero aquella vez hab√≠a fingido no o√≠rla, porque acababan de terminar los ex√°menes y eran las fiestas del barrio, as√≠ que cerr√≥ la puerta de su casa dispuesta a pasar una noche muy larga. El concierto hab√≠a estado muy bien, y el calimocho no escaseaba, como otras veces. Despu√©s, el calimocho dej√≥ paso a otra mezcla indefinida de sustancias cuya identidad no quiso conocer. Javi se encargaba de proveerla, y ella se limitaba a coger el vaso de pl√°stico con una sonrisa y a dejarse besar en el cuello, como a √©l le gustaba.

 

Laura se sobresaltó al darse cuenta de que Javi ya no estaba a su lado. Le buscó con la mirada entre las otras figuras del tiovivo. Se había bajado de su caballito y ahora bromeaba con otros amigos subido en un carruaje. Laura vio cómo sacaba un rotulador y empezaba a escribir en el tiovivo.

 

-√Čste te lo dedico, Laura ‚Äďgrit√≥ Javi mientras escrib√≠a su nombre y le lanzaba un beso al aire.

 

Laura sonri√≥, pero de pronto se sinti√≥ est√ļpida y decidi√≥ desviar la mirada. No entend√≠a esa man√≠a de las pintadas, y menos en un tiovivo, donde al d√≠a siguiente se subir√≠an ni√Īos. Autom√°ticamente, mir√≥ hacia la caseta del due√Īo, temiendo que sus amigos fueran descubiertos. La caseta tambi√©n estaba repleta de graffitis y, a trav√©s de la ventanilla, un hombre la miraba fijamente esbozando algo parecido a una sonrisa. Ten√≠a el pelo lleno de rastas y en el hombro un tatuaje con forma de calavera gigante. Una de las veces que Laura pas√≥ frente a √©l montada en su caballito, le dijo algo que no alcanz√≥ a entender. Javi s√≠ que debi√≥ entenderlo, porque justo entonces dej√≥ el rotulador y empez√≥ a gritarle todo tipo de tacos.

 

Laura quiso bajarse de ah√≠, pero el tiovivo no paraba, y la gente gritaba cada vez m√°s, y la m√ļsica era ensordecedora, como un mill√≥n de tambores que retumbaban en su o√≠do. Se estaba mareando. Prob√≥ a cerrar los ojos y entonces tuvo una sensaci√≥n extra√Īamente familiar, como si volara en c√≠rculos interminables. Y sonri√≥ sin darse cuenta, porque acababa de acordarse de un tiovivo muy distinto de aqu√©l, con un caballito rosa y una caseta sin graffitis, desde la que un anciano la sonre√≠a como nadie nunca la volvi√≥ a sonre√≠r. Luego, algunas l√°grimas comenzaron a caer por sus mejillas, al acordarse de aquella lona azul que un d√≠a, tras la muerte de aquel hombre, cubri√≥ el carrusel para siempre. Y ya no volvi√≥ a ver aquel tiovivo nunca m√°s: alguien se lo llev√≥ de all√≠, probablemente en busca de alg√ļn otro anciano dispuesto a sonre√≠r a los ni√Īos de aquella manera. Porque ese hombre sonre√≠a con los labios, con la barba, con los ojos, con todas las partes de su cuerpo, como si toda su vida se alimentara de eso, de ver pasar ni√Īos ilusionados una, dos, tres, mil veces.

 

Cuando al fin paró, Laura abrió los ojos y se encontró a Javi a su lado, que la ayudaba a bajar del caballo. No se había fijado antes, pero era un caballo de color rosa. Aquello la hizo sonreír.

 

-Tengo que irme ‚Äďdijo, nada m√°s bajarse.

 

-¬ŅPor qu√©? ¬ŅNo te habr√° molestado el t√≠o √©se, verdad?

 

Laura miró hacia la cabina. El hombre seguía con la vista fija en ella, y ahora le hacía un gesto con la mano para que se acercara. Laura vio sus dientes amarillentos aparecer cuando esbozó una sonrisa. La calavera de su hombro también sonreía, y de su boca salía una especie de serpiente. Sintió una oleada de asco y lástima.

 

-No, simplemente me tengo que ir.

 

Y le explicó que su madre le había pedido que llegara pronto a casa.

 

Antes de cruzar de acera, se dio la vuelta. Javi ya se había lanzado al cuello de otra, el hombre de la calavera tenía una nueva a quien mirar y el tiovivo volvía a emprender su giro interminable, sólo que Laura ya se había bajado de él. Nada más cruzar la acera respiró aliviada, como si se hubiera quitado un peso de encima.

 



 
El refugio



     FOTO: Alberto P. Veiga /
www.flickr.com

         Aqu√©l era su lugar favorito. S√≥lo √©l y Fran sab√≠an de su existencia, y hab√≠an hecho la promesa de no ense√Ī√°rselo a nadie m√°s. Bueno, en realidad los padres de Fran tambi√©n lo conoc√≠an, porque estaba justo debajo de su casa. A Javi siempre le hab√≠a llamado la atenci√≥n aquella casa. Le hac√≠a mucha gracia que en el pueblo algunos dijeran que estaba encantada, pero m√°s gracia a√ļn le hac√≠a comprobar que los que se tomaban esto a broma eran los que nunca se acercaban a ella. Ni a la casa ni a sus habitantes, como si tuvieran miedo a mezclarse con vampiros o con algo por el estilo. La familia de Fran hab√≠a aprendido a re√≠rse de la situaci√≥n, que parec√≠a realmente sacada de una pel√≠cula de miedo.

 

Javi recordaba perfectamente la llegada de los nuevos inquilinos. Lo primero que sinti√≥ fue una oleada de envidia hacia aquel chico alto y delgado que sal√≠a del coche. Se lo imagin√≥ colocando sus cosas en una habitaci√≥n ovalada, la que correspond√≠a a la parte alta de la casa, lo que m√°s tarde llamar√≠an entre ellos ¬ęel torre√≥n¬Ľ. Luego, la envidia dej√≥ paso a una especie de resentimiento, porque aquel lugar dejar√≠a de ser suyo, de su imaginaci√≥n, de su fantas√≠a, y pasar√≠a a tener unos due√Īos de carne y hueso, y nunca m√°s podr√≠a colarse en aquella cueva. Lamentar√≠a no volver a sentir el sonido del r√≠o retumbar en aquellas paredes de piedra, que parec√≠an las paredes de un calabozo. Y sinti√≥ que la rabia se extend√≠a por todo su cuerpo cuando tres figuras metieron una llave en la cerradura y entraban en aquella casa, destron√°ndole de sus fantas√≠as. Se sinti√≥ robado, ofendido, insultado. Era mucho peor que los insultos de sus compa√Īeros de clase; porque estos √ļltimos siempre estar√≠an, pero ya no podr√≠a silenciarlos con el ruido de la corriente entre aquellas paredes de piedra.

 

-Hijo m√≠o, ¬Ņqu√© te pasa? ‚Äďle hab√≠a preguntado su madre.

 

Javi se frotó rápidamente los ojos con las manos, y sintió un escozor en las mejillas.

 

-Nada, mam√°, que tengo sue√Īo. Me voy a la cama.

 

Y le dio el beso de buenas noches.

 

Cuando al d√≠a siguiente Javi entr√≥ en clase, no pod√≠a creer lo que ve√≠an sus ojos: all√≠, en un pupitre al lado del suyo, en la √ļltima fila, estaba sentado el chico alto y delgado que vio desde la ventana; el mismo que dorm√≠a en aquella habitaci√≥n que se hab√≠a imaginado tantas veces, desde la que se podr√≠a ver el r√≠o y escuchar la corriente casi tan bien como desde la cueva. Respondi√≥ a su saludo secamente y no volvieron a hablar en toda la hora. Javi no pudo concentrarse en las matem√°ticas. El enfado hab√≠a dejado paso a una creciente curiosidad. ¬ŅSer√≠a la habitaci√≥n como √©l la hab√≠a imaginado? ¬ŅSe subir√≠a a ella por unas escaleras de caracol? Pero lo m√°s importante: ¬Ņpod√≠a verse el r√≠o desde la ventana, o los √°rboles lo tapaban? Quiz√° as√≠ tuviera hasta m√°s emoci√≥n, ya que entonces s√≥lo podr√≠a o√≠rse el ruido de la corriente, y lo dem√°s habr√≠a que imagin√°rselo.

 

Cuando terminó la segunda clase, Javi no pudo contenerse más, y le confesó que eran vecinos, que le había visto la noche anterior entrar en la casa.

 

-Si, ya lo s√© ‚Äďdijo Fran. ‚ÄďVi c√≥mo mirabas desde la ventana.

 

Javi se acordó de las lágrimas que no había podido ocultar a su madre, pero le tranquilizó pensar que Fran, desde tan lejos, no las habría podido ver. Luego estuvieron todo el recreo hablando y Javi no cabía en sí de felicidad cuando Fran le propuso que fuera aquella tarde a la casa, que si tanto le interesaba no tenía más que verla con sus propios ojos. Las horas que quedaban de clase se le hicieron interminables, y en más de una ocasión el profesor tuvo que mandarles callar, porque Javi no paraba de preguntar cosas.

 

-Ya lo ver√°s t√ļ mismo ‚Äďle dec√≠a Fran pacientemente.

 

Y, efectivamente, Javi vio, poco tiempo despu√©s, las escaleras de caracol desvencijadas por el tiempo; la habitaci√≥n ovalada que comenzaron a llamar ¬ęel torre√≥n¬Ľ; las paredes de piedra y el r√≠o a trav√©s de la ventana, porque los √°rboles no estaban muy frondosos en aquella √©poca del a√Īo y dejaban ver el agua cayendo en peque√Īas cascadas. Todo era tal y como lo hab√≠a imaginado.

 

-Vamos a la cueva ‚Äďpropuso Javi euf√≥rico despu√©s de merendar.

 

Fran le mir√≥ extra√Īado.

 

-¬ŅA√ļn no conoces la cueva? ‚Äďpregunt√≥ Javi, incr√©dulo.

 

Y le llev√≥ a su lugar favorito, que estaba al lado del r√≠o y que era como una continuaci√≥n de aquellas paredes de piedra, s√≥lo que medio derruidas y ocultas por la maleza. Se acced√≠a atravesando una peque√Īa arcada cubierta de musgo.

 

-¬°¬°Guau...!! Parecen las mazmorras de un castillo -dijo Fran sin contener la sorpresa.

 

Y aquella vez jugaron a que estaban presos injustamente por haber robado comida para dar a los pobres, como dos Robin Hoods inventando el modo de escapar de all√≠. Y comenzaron a llamar a aquel lugar ¬ęel refugio¬Ľ.

 

-¬ŅYa has acabado los deberes?

 

Javi contestó que sí a su madre desde la puerta y salió corriendo hacia la casa vecina. La madre de Fran le abrió la puerta, con aquella sonrisa que nunca desaparecía, hasta el punto de que Javi se llegó a preguntar más de una vez si no le saldrían agujetas en la mandíbula. Fran estaba acabando unos ejercicios de matemáticas en su habitación. Al pobre Fran le costaba más hacer los deberes. Javi siempre le ayudaba, sobre todo con los problemas de matemáticas, también porque así podrían irse antes a jugar.

 

Aquella tarde fueron dos n√°ufragos en una isla desierta. Protegidos por las paredes y el techo de piedra, ve√≠an la lluvia caer cada vez con m√°s fuerza. El r√≠o bajaba violentamente, y el sonido de la corriente se confund√≠a con el de los truenos. La tranquilidad de la conversaci√≥n de aquellos dos n√°ufragos contrastaba con el ambiente que reinaba fuera de la cueva. Hablaban de las clases, de sus padres, de lo que quer√≠an ser de mayores, y de vez en cuando dejaban hablar al r√≠o o a la lluvia, porque produc√≠an un extra√Īo eco entre aquellas paredes de piedra. Fue en uno de esos momentos cuando oyeron que alguien gritaba sus nombres. Se levantaron r√°pidamente y, despu√©s de ponerse las capuchas, corrieron hacia la casa. El suelo estaba embarrado y ten√≠an que agarrarse para no resbalar. La madre de Fran estaba esper√°ndolos en las escaleras de la entrada. Javi se fij√≥ en que aqu√©lla no era su sonrisa de siempre; parec√≠a la sonrisa de otra mujer puesta en su cara.

 

-Acaba de llamar tu madre ‚Äďle dijo, en cuanto entraron en el vest√≠bulo. ‚ÄďDice que vayas ya a casa.

 

Javi pens√≥ que la lluvia repentina habr√≠a asustado a su madre, porque √©l siempre estaba cogiendo resfriados, as√≠ que no le extra√Ī√≥. Pero, en cuanto entr√≥ en su casa, supo que algo no iba bien. Su padre ya hab√≠a llegado del trabajo, y estaba fumando en el sof√°. Su madre, que acababa de abrirle la puerta, le dijo que se sentara un rato con ellos, que ten√≠an algo que decirle. Fue su padre quien habl√≥ primero:

 

-Javi, nos mudamos de casa. Me han ofrecido trabajo en Madrid, as√≠ que ma√Īana mismo hacemos las maletas.

 

Javi se sintió más náufrago que hacía unos minutos. Se imaginó que seguía en el refugio y que todo aquello era parte del juego. Luego, cuando su madre le acarició la cabeza, sintió que las lágrimas corrían por sus mejillas y supo que aquello sí que era real.

 

...

 

Iban a ser las vacaciones m√°s largas de su vida, o al menos eso dec√≠an todos los que acababan de examinarse con Javi de Selectividad. Sus padres se hab√≠an cogido el mes de julio de vacaciones con la idea de pasarlo tranquilos en el pueblo. Javi no sab√≠a si alegrarse o no. Durante todo el viaje estuvo sintiendo un hormigueo en el est√≥mago que no le dejaba en paz. Le hac√≠a ilusi√≥n volver a ver a Fran, pero no sabr√≠a qu√© decirle despu√©s de tanto tiempo incomunicados. Aquellas cartas que se escribieron los primeros meses despu√©s de su marcha era el √ļnico testimonio de su amistad. Estuvo todo el camino ensayando posibles saludos, y hasta se le ocurri√≥ pensar qu√© ocurrir√≠a si no se reconocieran. Luego, la vista del pueblo, del r√≠o y de las monta√Īas le hizo sonre√≠r, desapareci√≥ el hormigueo en el est√≥mago y no volvi√≥ a preocuparse de lo que le dir√≠a a Fran, porque era un d√≠a soleado y el campo estaba lleno de flores.

 

Su casa estaba bastante cambiada. Se ve√≠a a la legua que los inquilinos no ten√≠an el mismo gusto que ellos, y hab√≠an aprovechado aquellos diez a√Īos de silencio de la familia para hacer cambios de mobiliario y hasta alguna que otra peque√Īa reforma. Pero a Javi no le import√≥ demasiado, ni siquiera cuando entr√≥ en su cuarto y lo encontr√≥ pintado de rosa con una colcha de flores y volantes por todos lados. Casi sonriendo, dej√≥ su maleta de cualquier manera y se encamin√≥ hacia la casa vecina. Su aspecto segu√≠a siendo el mismo. Las paredes de piedra, la verja oxidada de la entrada, los escalones desvencijados... Todo estaba exactamente como lo recordaba. El sonido del timbre al apretar el bot√≥n le hizo sentirse un poco nervioso. Luego oy√≥ una voz de mujer que dec√≠a ¬ęya voy¬Ľ y, acto seguido, se encontr√≥ frente a la madre de Fran. Javi se qued√≥ completamente mudo, porque la sonrisa hab√≠a desaparecido de aquella mujer, y en su lugar hab√≠an aparecido unas arrugas en la comisura de los labios y entre las cejas. Su expresi√≥n hab√≠a cambiado completamente, pero la figura era la misma, y la voz, y el modo como le abraz√≥ en cuanto le reconoci√≥. Incluso le pareci√≥ ver un esbozo de su antigua sonrisa, aunque s√≥lo dur√≥ una mil√©sima de segundo, porque justo entonces le pregunt√≥ por Fran, y ella baj√≥ la mirada y volvi√≥ a fruncir las cejas, formando esas horribles arrugas en su frente.

 

-Est√° durmiendo a√ļn. No sab√≠amos que vendr√≠as, si no ya se habr√≠a levantado...

 

Javi mir√≥ el reloj instintivamente y la madre a√Īadi√≥, como para disculpar a su hijo, que la noche anterior fueron las fiestas del pueblo y que Fran hab√≠a llegado a casa cuando ya amanec√≠a.

 

-Pero ahora mismo voy a avisarle. Ya ver√°s lo contento que se va a poner.

 

Javi aprovech√≥ para ir al lugar que m√°s deseaba ver. Mientras atravesaba el jard√≠n, se acord√≥ de aquella promesa que hicieron de ni√Īos de no ense√Īar aquel lugar a nadie m√°s. Pens√≥ en los buenos ratos que hab√≠an pasado juntos, y se ri√≥ de su ingenuidad jugando a cosas imposibles, y el coraz√≥n se le aceleraba a medida que iba oyendo m√°s claramente la corriente del r√≠o. La maleza hab√≠a crecido mucho, y ten√≠a que estar constantemente esquivando √°rboles y agach√°ndose para no darse con las ramas. Javi se pregunt√≥ qu√© habr√≠a crecido m√°s, si la naturaleza o √©l mismo, y no pudo evitar esbozar una sonrisa. Al fin, tras las ramas de un sauce llor√≥n, encontr√≥ el refugio. La sonrisa se borr√≥ de sus labios y fue como si un fuego se extendiera dentro de √©l hasta abrasar cada uno de sus miembros. Luego, la rabia dej√≥ paso a una enorme pena, o se mezclaron los dos sentimientos, porque sus ojos se empa√Īaron ligeramente, y a duras penas pod√≠a distinguir todas aquella cosas que hab√≠a por el suelo: botellas de vino y de cerveza, vasos gigantes de pl√°stico, latas de coca-cola, restos de cigarros y algunas bolsas de patatas fritas. Las paredes de piedra estaban llenas de graffitis. El nombre de su amigo se destacaba sobre todos los dem√°s y, en cuanto lo ley√≥, se dej√≥ caer en uno de los bancos de piedra y cerr√≥ los ojos completamente abatido.

 

El ruido de la corriente segu√≠a siendo el mismo y, de pronto, se sinti√≥ reconfortado, como cuando de ni√Īo pasaba fr√≠o en su cama y su madre le pon√≠a una manta de m√°s y le daba el beso de buenas noches.

 

Un ruido de pasos le hizo volverse. Fran acababa de aparecer desde el otro lado del cipr√©s. Primero mir√≥ a Javi y luego pas√≥ su mirada por toda la basura de alrededor. Avanz√≥ lentamente empujando con el pie las latas y botellas que se iba encontrando con m√°s fuerza de la necesaria. Una lata de coca cola cay√≥ rodando hasta el r√≠o. Javi lo miraba avanzar hacia √©l, despacio y con la cabeza gacha, y no pudo evitar acordarse del √ļltimo juego, aqu√©l en el que escenificaban a dos n√°ufragos en medio de una tormenta. No habr√≠a necesitado o√≠r el ¬ęlo siento¬Ľ que sali√≥ t√≠midamente de los labios de su amigo, porque le habr√≠a abrazado de todas formas. Y los dos se sentaron en el sitio de siempre y comenzaron a hablar hasta que el rugido de sus est√≥magos se hizo m√°s potente que el de la corriente del r√≠o. Cuando se levantaron para ir a comer, Javi vio una flor diminuta entre varias latas de bebida. Mir√≥ a su amigo y sonri√≥.



Blanca √Ālvarez de Toledo

Nacida en Madrid en el a√Īo 1985. Recientemente licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado como becaria en el diario La Gaceta de los Negocios, adem√°s de en la agencia de publicidad Screenvision. En el √ļltimo curso de carrera recibi√≥ una beca del Ministerio de Educaci√≥n y Ciencia que le permiti√≥ colaborar en el Departamento de Lengua y Literatura de la Facultad de Ciencias de la Informaci√≥n de la Universidad Complutense. Actualmente estudia el curso de doctorado en dicho departamento y prepara un proyecto de tesis doctoral en el campo de la literatura. Adem√°s, trabaja como becaria en la videoteca de la Facultad.

 





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