Hay lágrimas en las cosas que tocan el alma humana
Sunt lacrimae rerum et mentem mortalia tangunt - Virgilio



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Poesía y crisis
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FOTO: Francisco Alfaro

Parece inevitable asomarnos a las aguas convulsas de la crisis que padecemos cuando analizamos cualquier fenómeno con implicaciones sociales. Al fin y al cabo, la poesía es un arte milenario inseparable de la vida social y cultural, por mucho que siempre haya alguien empeñado en anunciarnos su defunción. De hecho, si por algo se ha caracterizado nuestra publicación es por la afirmación del valor antropológico del hecho poético. Por la percepción de la poesía como un arte universal enraizado en lo humano, antes que en cualquier consideración literaria o cultural. De hecho, la poesía es siempre palabra provocada, y precisa, por tanto, de un factor de conmoción para suscitarse y acertarnos en el blanco de nuestras exigencias estéticas y morales.

La crisis nos hace responsables frente al uso del dinero, y frente a las demandas que esgrimimos  a quienes tutelan la organización social, es decir, los políticos. Si es necesario exigir a los poderes públicos que no rijan su actividad según criterios que no parecen hechos a la medida del hombre, proteger la poesía no puede confundirse con tutelarla y sostenerla desde estos poderes, y mucho menos en el momento de actual temblor económico. Proteger la poesía es responsabilidad, antes que nada, de los que aman la poesía, si la aman.

Es cierto que la poesía nunca ha recibido demasiado, por no decir casi nada, de las administraciones, pero no es menos cierto que si la crisis es una oportunidad para devolver a la sociedad civil su protagonismo, mucho más lo es para los artistas. Sabemos que el arte hoy no cotiza, no se valora y no devenga el prestigio social de antaño, ni en quienes lo producen ni en quienes lo consumen, pero a nosotros nos interesa el arte en la medida en que cambia nuestras vidas, no en la medida en que las engorda.

La crisis económica que vivimos es, antes que nada, crisis social, crisis antropológica. No se ha llegado aquí de manera casual. En este sentido, el primer activo es cincelar lo humano. Dar con el quid. Si el arte es una apuesta por la belleza, por la verdad, por el cambio de la persona a partir de estos factores, porque nos permite experimentar esa vibración común que nos es propia y por la que se ensancha nuestro punto de fuga último artístico y personal, el arte es un lugar para la conmoción –y con frecuencia no hay mayor conmoción que la crítica más acerada o el desgarro más descarnado– y la poesía es un lugar para el arte, un anfiteatro de palabras donde tocar el alma de las cosas, para hacerlas llorar en su inevitable caducidad y destino, para hacerlas exhalar el espíritu que las redime y ofrecérnoslo como un panal.

«Hay lágrimas en las cosas que tocan el alma humana», decía Virgilio. Nuestra poesía sería de otra manera si estuviera guiada por esta conciencia de la desproporción que genialmente describe el poeta latino. Y ganaría en la crisis.

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