«Vuélvete y escucha; no está en mis ojos sólo el Paraíso» – Beatrice en La Divina Comedia



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poética España e Hispanoamérica
Selección de poesía mística y paradigma trascendente en España (S. XX)
Por Miguel Ángel Cervantes. Imágenes de Arancha García
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Dentro, Oleo sobre lienzo, Arancha García

 

Recogemos aquí una breve muestra de poesía mística y paradigma trascendente en lengua España durante el siglo XX. En lo relativo a la poesía mística se ha seguido la orientación de Miguel de Santiago, de acuerdo con los criterios expuestos en el artículo «Poesía Religiosa, Poesía Mística», recogido en la sección «el banquete» del número 2.

Este trabajo es una parte de la amplia selección de poesía mística de la tradición española que Miguel Ángel Cervantes ha llevado a cabo para Ibi Oculus. En concreto, reproducimos la parte correspondiente al siglo XX. Otras selecciones sobre la materia son las que el colaborador de nuestra revista ha realizado sobre esta materia en poesía en lengua extranjera (número 3) y poesía hispanoamericana (número 2).


 

Ángel Poseido Martínez Baigorri

«Tres y un amor»



José Javier Aleixandre Ybargüen

« Pero tan tierno acoso me repites…»



Fray Gonzalo de Córdoba

«Tu hermosura floreció en mis manos - 1»

 

Valentín Arteaga

«Herido, Dios, de ti»



Fernando Rielo

«Me ocurre que tu ser….»



Francisco Soto del Carmen

«Entré donde no supe…»



José Luis Hidalgo

«Llega la noche»



José Luis Puerto

«(betilo)»



José Luis Martín Descalzo

«Cuando mis manos –y tus manos- tiendo…»



Federico Gallego Ripoll

«Endulzo el vino…»



María José Romero

«Ante Jesús crucificado - IV»



Leopoldo Panero

«Casi roto de ti»



Dionisio Ridruejo

«Oración de la calma»



Jorge Guillén

«Ser»



José García Nieto

«Otra vez -te conozco- me has llamado…»



Luis López Anglada
«Quiero poner mis penas por delante…»

 

Ángel Poseido Martínez Baigorri (Lodosa, 1899-Managua, 1971)

 

 

    TRES Y UN AMOR

 

Todo me doy en lo que me recibo.

Al todo subiré en lo que me entrego,

lo que de Sí me entrega, este ser vivo

sobre mi muerte, en que a su Vida llego.

Es mi encontrarlo todo en el despego

que hago de todo en mí, cuando concibo

al que en Sí me concibe, en un sosiego

de eternidad con que mi tiempo activo.

 

En un amor de esencia que en presencia

de saberse en su Luz se da a Luz pura

y es ya Amor de los Dos su Amor de Esencia,

 

yo sólo sé que es El porque me ama,

porque abrió en mí este abismo de blancura

de ser su Vida en Tres mi única llama.

 

 

(De Ascensiones)

 




José Javier Aleixandre Ybargüen (Irún, 1924)

 

    V

 

      Pero tan tierno acoso me repites

Midiendo con suspiros mi distancia;

preparando tu dardo de amor para alcanzarme,

que por fin de tu imán estoy cautivo

y escucho el eco fiel de tus llamadas

en los tambores de mi pulso

que subrayan los salmos de David.

 

     Buscando finalmente –descalzo- tus caminos,

    
porque sé que me esperas
     inviernos, primaveras, otoños y veranos,
     siempre tus manos hacia mí tendidas.

 

 

(De Para no morir del todo)

 




Fray Gonzalo de Córdoba 

 

Y TU HERMOSURA FLORECIO EN MIS MANOS

 

1

 

Con sólo desearte, has encendido

en ascua de oración mi pensamiento…

Con sólo pronunciarlo, en un momento,

pan y vino en tu Ser he convertido…

 

Tu latir con el mío confundido,

entre mis manos temblorosas siento.

¡Blando peso en el alma el de tu aliento!

¡Suave insinuar de tu latido!

 

Mas ahora que estoy de Ti tan lleno

y, a tu roce, trasciendo toda ciencia,

lo flaco de mi amor viene a turbarme…

 

¡Pues si tu impulso en mi albedrío es freno,

nunca podrá, mi Dios, tu Omnipotencia,

sin mí, este impulso ni tu Cielo darme!

 

 

 (De Caminos de la tarde)

 




Valentín Arteaga (Campo de Criptana, 1936)

 

 

    HERIDO, DIOS, DE TI

 

Herido, como un ave, en el costado.

Como una gaviota, por tu viento

yo voy a la deriva; tu nostalgia,

Señor, me llama y llaga impetuosa.

 

En vuelo voy a Ti, como va un pájaro,

las alas disparadas, y los ojos

abiertos a tu amor que los requiere,

cazado y cazador al mismo tiempo.

 

Herido, Dios, de Ti, de tu mirada;

hiriéndote también, dentro del aire

te cruzo y Tú me cruzas, como un ave.

 

Señor, estoy en Ti. Tú me sostienes.

Extiendes el paisaje y lo levantas

      en el vuelo indeciso que te busca.



 (De Dios en voz baja)

 




Fernando Rielo (Madrid, 1923-Nueva York, 2004)

 

Me ocurre que de tu ser se lleva:

amor de pobre por Ti lanzado al vuelo

con fe de consumirme en cada instante

que muero en vida de espinas traspasado.

 

Mis días no difieras: el llanto corre

con paso cruento el místico sendero

de un éxtasis umbrío en pura queja

que a mi alma llaga con fuego de tu dardo.



 (De Los hijos del encuentro)

 




Francisco Soto del Carmen (Villada, 1933-Salamanca, 1988)

 
Campo de Badajoz, Oleo sobre lienzo, Arancha García

    LVI

 

Entré donde no supe, no entendiendo

si era vuelo tu voz, si eco tu altura,

si cerro en sed el río de dulzura

donde arribar el corazón ardiendo.

 

Penetré el puro abismo, no sabiendo

si noche o mar, si nieve o quemadura.

Neblí de ciego rapto, en la espesura

del asombro, tus aires transcendiendo.

 

Yo ya no sé qué viento me arrebata.

No sé qué balbuceo nace y crece

frutalmente  en mis labios ramo a ramo.

 

Sólo sé tu hermosura que desata

Este huracán de amor. ¡Cómo alborece

el vendaval de sangre en que te amo!



 (De Cántico para un amor y una ausencia)

  




José Luis Hidalgo (Torres, 1919-Chamartín de la Rosa, 1947)

 

LLEGA LA NOCHE

 

Señor: si Tú me dejas me moriré contigo pisando largamente la tierra en que te aguardo.  Me iré entre los jirones de esta divina herida por la que, a borbotones, nos vamos desangrando.

Nada, nada me quema. Apenas sobre el cuerpo tengo un poco de vida, si es que el vivir es algo, y mis ojos se abren a tu celeste brillo donde, como en un agua, te siento reflejado.

¡Qué rojo estás Dios mío! Dentro de mí te siento como una savia ardiente, como un inmenso pájaro; como si atardeciere por Ti voy hacia todo, me pierdo en esa sangre celeste de tu ocaso.

Morir, morir… Acércate. La noche nos apresa con su espesa dulzura tendida sobre el campo.  Señor: nos hemos muerto sobre la tierra negra.

Señor: ya eternamente nos hemos acabado.



 (De Los muertos)

 




José Luis Puerto (La Alberca, 1953)

 

    (betilo)

 

Piedra sagrada,

Déjame reclinar mi rostro en ti,

Dura almohada sin tiempo;

Deja que al centro acceda

Desde mi orilla, margen tan precario;

Déjame ser Jacob

Y que acceda a ese sueño

De la escala de ángeles,

Cordón umbilical

Entre el cielo y la tierra.

Necesito fundar

Un reino donde el daño

No teja los sudarios del dolor,

Un reino que restañe

La pena de la herida.

Piedra sagrada, déjame

Reclinar mi cabeza

En el consuelo limpio de tu espacio.



 (De Proteger las moradas)

 




José Luis Martín Descalzo (Madridejos, 1930- Madrid, 1991)

 

 

Cuando mis manos –y tus manos– tiendo

sobre el altar, y toco la cruenta

sangre de tu pasión, siete y setenta

veces digo que estoy –y estás– fingiendo.

 

Cuando tus manos –y mis manos- vendo

por treinta gramos de placer, por treinta,

pienso que hemos errado nuestra cuenta

y que me estás, -y que te estoy- mintiendo.

 

Cuando mis manos tiendo hacia tu hondura,

cuando tus manos tiendo hacia el pecado

no sé quién es –si Tú, si yo– quien obra.

 

No más. No más. Acabe la impostura:

o me quitas la carne que me has dado

o me tienes que dar cuanto te sobra.



 (De Fábulas con Dios al fondo)

  




Federico Gallego Ripoll (Manzanares, 1953)

 

 

Endulzo el vino

con tu memoria.

Te comulgo y ya, transustanciado,

accedo a ver la vida con tus ojos.

 

Al borde estoy de mí;

como la noche,

que se persigue siempre sin lograrse.



 (De Tratado de arquitectura)

  




 

Máría José Romero

 

     ANTE JESÚS CRUCIFICADO - IV

 

Y no hallaré más alto mi camino

en lo alto, ni más seguro en lo bajo

que por la vía de la cruz, atajo

a la cima final de mi destino.

 

Necia seré si al verte no adivino

que Vida y salvación tu cruz me trajo,

vivir sin padecer vano trabajo,

caminar sin dolor falso camino.

 

Quede por tu Pasión, manso Cordero,

la señal de tu cruz en mí prendida,

quede mi voluntad en tu madero.

 

Y, puesto que tan alta vida espero,

vivifica el amor en el que muero

pues que Tú mueres para darme Vida.



 (De La llama en el cristal)

 




Leopoldo Panero (Astorga, 1909- León, 1962)

 

     CASI ROTO DE TI

 

Como rotos de Ti tengo mis huesos.

Tengo mi corazón como en baldío

de Ti; y estoy de Ti como sombrío

en la luz de mis bosques más espesos.

 

Mis altas horas arden, y mis besos

arden, queman de Ti: queman de frío,

de ausencia, como caen desde el vacío

las estrellas, la noche tras los tesos.

 

¡Oh tesos que se alhajan con mi pena!

Como rota de Ti, mi pesadumbre

siento en el corazón y entre las manos.

 

Como rota, Señor, mi sangre suena

en soledad de Ti, de Ti en costumbre:

llenos de Ti mis huesos, pero humanos.



 (De Escrito a cada instante)

 




Dionisio Ridruejo (Burgo de Osma, 1912- Madrid,1975)

 

     ORACION DE LA CALMA

 

Era verdad el canto.

La tierra duele si la cruza el tiempo

y el jinete inmortal de los instantes

se rompe en los espejos de la piedra,

se rompe sin morir, como la angustia,

como el viento tenaz y pasajero.

      Era verdad el canto:

Al cabo se apacientan en el polvo

Los orbes que se sueñan,

y regresan las torres

al triste roquedal de los escombros,

las torres que tomaron

a préstamo del alma su figura

cuando con tierra quiso esbeltamente

alzar su misma eternidad a plomo.

Era verdad el canto, pero sólo

de mi existencia como de un extraño

que no penetra el huerto de la dicha

en donde Tú resides,

en el cimiento de mi ser que es tuyo.

 

      Ahora que la carne se ha quemado

en la hora mortal de sus palabras,

deja que hable un espíritu

que se espera divino sin recelo

y puede derramarse y se derrama

como amor que es amor, sencillamente.

Luego de dar su parte a la agonía

ya puedo publicar esta abundancia,

esta deuda de lluvia en primavera.

Porque Tú lo has querido

y solamente porque Tú has querido,

porque Tú has sido siempre.

 

      Siempre has sido: Primero una leyenda

dulcemente escuchada,

luego una luz incomprensible y terca,

más tarde una amenaza

resistiendo en el último horizonte,

después una sospecha que rezuma

e invade, una evidencia que se yergue,

por fin un mando don como la lluvia,

lluvia de primavera;

como la inteligencia de las cosas

y el destino que aguarda.

Has sido siempre, aun cuando yo, rebelde

      - luciérnaga pequeña que se extingue,

yo, vago espejo trémulo

o nada que se aferra a su latido-,

luchaba contra ti celosamente

esgrimiendo mi carne como un arma,

levantando mis ídolos mortales,

fundiéndome a la muerte y al desierto

para no ser, para que Tú no fueras.

Eras y te sentía invulnerable

y Tú me dispensabas la derrota

como una gracia, sin querer nublarte

y haciendo arder y relucir la tierra.

Estabas presidiendo mi delicia

donde yo te ignoraba.

Eras, sí, ciertamente,

y no como la fuerza de los mares,

la vida de las selvas

o el calor de los astros.

Eras un seno que contiene todo,

una mirada fija, una vasta memoria

que todo lo recuerda y lo reúne.

Eras todo y tu nombre,

desde tu nombre sosteniendo el mío.

Eras todo y me hacías desterrado

agrietando el espacio rezumante

de ti, con tus centellas mensajeras.

Eras todo y me hacías peregrino,

podándome raíces y rasgando

con resol de tu hogar el horizonte.

Porque eras todo y siempre.

 

      Mira, Señor, al desterrado tuyo

que apartas de la muerte

sin vedarle la luz del embeleso.

Porque Tú has hecho la hermosura canto.

¡Cuántas rosas de mayo,

cuántos olmos de octubre, cuántas nieves

de enero refulgentes, cuántas albas

y ocasos trascendidos,

cuántos ojos de amor o gorjeos secretos

saciaron mis instantes!

¡Cuánto bien de belleza

das a tus mensajeros

y cuánto yo he temblado cada día

de pasmo enajenado ante tus criaturas!

He recelado a veces mi destierro

por aquel frío extraño que me aparta

hasta el propio corazón, amargo,

y me deja perdido como un niño en la noche.

Lo he sentido en el cerco de montañas

que pesan o en los largos horizontes

que se vacían infinitamente.

Ha golpeado en mí, rebelde y solo,

hacia la galería de los muertos,

sabiendo a polvo y desencanto alzarme

como un árbol de tierra.

Pero saberlo, sólo lo he sabido

      -desterrado de ti, sustancia tuya-

por ese colmo puro de las cosas,

por el sobrante de alegría inútil

que ya no puede poseer y espera,

por ese velo lento de nostalgia

en la belleza espejeante y muda,

por la sazón eterna y repentina

      -en la estrella, en la rosa, en la mirada-

que asoma hacia otra luz y la contempla

filtrándome hacia ti, porque Tú eres

y el mundo está abrasado de pupilas.

 

      Mira, Señor, tu lento peregrino

cómo sabe de sí porque se extraña

de ser segado siempre y de obstinarse

con eterna querencia en lo que huye,

de anudar cada día sus raíces

al suelo de su propia maravilla,

al hogar de su sangre, a la tarea

con que va persiguiendo

perennidad y plenitud inmóvil

de pleno ser fundado en una roca

que jamás será polvo del camino.

A la torre preciosa,

al campo o al solar que se ofrecían,

a la idea de un mundo,

al latido de amor enajenado,

me viste uncido con mi carne y alma

eternamente sobre los instantes.

Y luego me segaste con espadas

y me empujaste a navegar mi río,

el río de las súbitas tristezas,

un río extraño, mientras iba solo

ensoñado y seguro en un ir no sé adonde.

Son dispensarme de escarmientos, siempre

mantuviste despierto mi apetito

paladeando tus eternidades

en los frutos pequeños de las horas.

Allá en el horizonte

Tú juntabas el tiempo y aguardabas,

sin prisa y entre velos,

dejándome mirar para llevarme

todo mi mundo a eternidad contigo.

 

      La soledad, la soledad,¡qué exceso

sin en quién derramarse!

La inmensa soledad de l sospecha

que nos hace o nos come.

Mira, Señor, al desterrado tuyo;

mira su vida junta

como un espacio en el que vuela y torna.

Yo la contemplo: Pueblos y ciudades,

trozos de campo y de marina, montes,

ríos que van cargados de su olvido,

huertos que mis raíces desamparan

cada vez que se hunden amorosas

queriendo ser. Los veo como piedras

y leños y solares

esperando la obra, moribundos

de su realidad y renacientes

del alma que planea y edifica.

El pueblo de mi cuna, minucioso;

el granito ordenado por llanuras

puestas en pie, con torres,

que me labraba cuando florecía;

la ciudad enmelada en el ocaso

de mis años más lentos,

y as otras dispersas y los campos

en los que mi ilusión de eterno huésped

quiso anclarse y crear mientras pasaba.

Todos sin mí, lejanos.

Todos extraños o sobrantes, todos

trayendo al sueño su fracción perdida

para crear esta ciudad que espero.

Una ofrenda es mi alma y no se cansa

de beber y ofrendar y no se colma.

Plantarse y ser de súbito arrancada,

cosechar y extrañarse y estar sola

y estar sola y querer y no cansarse.

Así, Señor, mi vida, aquella abeja

que espera su panal o lo construye,

todo ventanas hacia ti soñando,

pasmo, embeleso y agonía juntos,

mientras estaba sola.

 

      Mira, Señor, tu lento peregrino

y el agua de los días de caer sobre su pecho,

por mi pecho de piedra caer serenamente,

caer entre borrascas sin mellarlo,

porque es agua que pasa aunque me lleva.

Lo que no pasa va subiendo dentro

y se colma y se vierte.

Quien defendió a la roca de los dientes del frío

defiende al hontanar del peso de la roca.

Lo que fue es ya ceniza,

mas todo lo que fui se va filtrando

como  profundas minas

y me vuelve a brotar con sal eterna

haciéndome  tus ojos.

Treinta y dos años pasan raudamente.

Se contemplan después y son inmensos

y sobre todo extraños.

Ya es cristal aquel niño acariciado

que se creaba el mundo;

cristal aquel adolescente turbio

de extrañeza y amor, resplandeciente

de amor y de embeleso;

cristal el joven de l fe lozana

y la revuelta y áspera agonía;

cristal la soledad y el dejo de tristeza

feliz que tanto amaron;

cristal su larga ensoñación creyente,

la pasión de su sangre honda como el destino,

el desencanto como las ruinas

y como el aire sobre las montañas.

Cristal las esperanzas, los combates,

las dudas, los ardores.

Tú sólo los conoces, yo los llevo

transfigurados bajo mi persona

y hechos puro cristal porque ya estoy sereno.

Son de la muerte ya que nada mata,

de la muerte que junta y purifica.

De la muerte cruel son los que no vivieron,

      los que pude haber sido, dejados en el campo

     como tristes caminos que no llevan,

los que me hacen a veces mortal y silencioso.

Tú también los conoces

y Tú me juzgarás también por ellos

cuando atando los cabos en tu día

hagas, al fin, mi único.

Único de vida peregrina,

que ya comienzas a mostrar al alma,

porque voy a mi ser y espero siempre,

porque sigo marchando dócilmente

y nazco cada día.

 

      Tu desterrado peregrino sabe.

Y cada día nazco,

Señor, porque Tú eres.

Contra la muerte nazco cada día

y canto y me embeleso.

He visto, sí, borrarse de sus cuerpos

muchos seres que amaba.

He sentido a mi carne temblar como la hoja

y al mundo vacilar como mi carne.

He visto huir, caer, clamar en vano.

He habitado el dolor como la nieve.

Pero Tú eres como el sol que besa

y todo me lo has hecho gratitud y alegría

y has hecho aún que mi alegría fuera

como fuente colmada

que se va derramando en la tristeza

y refresca de amor espina y rosa.

Amor desenlazado y suficiente

que apenas necesita, apenas quiere,

porque ya tiene en ti -¿por qué Dios mío?-

que vas manando hacia mi ser mi vida.

Con brasa de ilusiones me forjaste,

me templaste con hielo y desengaño

como a todos los hombres,

pero siempre dejaste a mi mirada

un secreto sentir de mensajero

que encamina la tierra hacia tus manos.

A veces la tristeza

de un dios sin concluir me derribaba,

a veces el encanto

del sobrante del mundo me perdía,

pero estaba en tus manos ciertamente.

      Tengo lo que me es y es suficiente:

dichoso estoy de alba y de la estrella,

de la flor y del ave y de los hombres

que se dejan amar aunque no amen.

Líquido estoy, Señor, y en ti confluyo;

de piedra soy, Señor, y Tú me fijas,

fluyente mientras Tú me abundes tanto,

invulnerable mientras Tú me tengas.

Tierra y casa no tengo; voy pasando

a tu cuidado, y, con amor y olvido,

Tú me halagas las penas y defiendes

esta conformidad anticipada

que en el desierto encuentra la palmera.

El alma va a tu encuentro como un árbol

recargado de brisas y de trinos,

y, aunque hecho con el lodo de la tierra,

con polvo de pecados,

un nido tuyo, de tu forma un nido

es este corazón que te bendice.

 

      Sólo porque Tú eres, porque quieres,

canto, Señor, en calma.

Porque también la muerte ha tomado tu nombre.

La luciérnaga es viva como el astro,

el espejo se mira en otro espejo

donde la luz no cesa,

el latido promete como un son de campanas.

Tras de la soledad has dado al hombre

el cauce de una tierna compañía,

un cauce enamorado

en que el amor se ensaya y dulcifica

para mejor amarte,

mientras el mundo viene a la mirada

por vías de mirada y palabra y figura,

humano en el tamaño del abrazo.

Enyugados de amor sumimos la tierra

para divinizarla con nuestra sed tranquila,

uniendo los dolores y los gozos

y la esperanza al tiempo.

Y mientras dura el riego de la sangre

y duran el destierro y el pasaje,

con nostalgia y sabor del paraíso

vamos volviendo hacia tu luz, despacio.

Todo mi hogar es gratitud que espera,

y yo estoy recogido

ante la tempestad en su sosiego

que no es de piedra ni de leño y sólo

resiste porque eres.

Porque eres, acaricio

las cosas que devuelven la mirada

porque están recordando con nosotros.

Porque Tú estás, las rocas

y la luna y los árboles

y este jardín de minuciosas flores

siguen siendo dulcísimos, mansos e invulnerables.

Porque Tú estás, la carne

espera florecer y repetirse

y completar tu misterioso coro.

Nada puede morir, nada se aleja,

todo va hacia mi muerte, que es abierta

y como Tú impensable y con tu nombre.

Cataclismos, heridas, gusanos y dolores

se funden en el curso de la melancolía

sazonándome el mundo transparente

de la muerte y de ti porque Tú eres.

De la muerte y la vida

que Tú dichosamente me confundes

sin que el hastío venga, Señor, porque Tú eres.

 

Era verdad el canto,

que a veces cesa y que jamás se extingue,

de mi existencia extraña,

que explora lo que sabe

y teje nieblas y las rasga luego.

Acuden tus heraldos

     - belleza, amor, dolor- y se encarnizan,

y a veces pasa por el valle, errante,

la noche sin estrellas.

Trae consigo mis muertos suavemente

para que yo los sueñe y me acompañan

uniendo en mí su ayer a mi mañana.

Y, de pronto, terribles,

gimen la podredumbre de su polvo.
Trae la zozobra y come
de los cimientos de mi propia vida,
del hogar de m tiempo,
y un instante me hunde
en las fauces abiertas del cansancio
que encantan con el gusto de la nada.
Trae soledad, y hasta el injerto vivo
del amor, su figura y su costumbre,
recobran la persona y se me extraña
perdiéndose en la sombra.
Era verdad el canto
que el desterrado peregrino escucha
y que sólo tu luz vence en la noche.
¡Oh, verdad de mi carne y de su muerte!
Pero eres y lo sé, Señor, y sabes
que siempre ha estado en mi jardín lloviendo
y manando en mi fuente –de alegría
y de melancolía esperanzada-
la invulnerable y fresca primavera.

      Y siempre en ella, amor, amor con velos,

la tierra ha sido senda. Porque eres.



 (De En once años)

  




Jorge Guillén (Valladolid, 19893-Málaga, 1984)

 

 

SER

 

El intruso partió. Puedo ser donde estoy.

Ya nada me separa de mí, nada se arroja

Desde mi intimidad contra mi propio ser.

Es él quien se recobra dentro de un cuerpo suyo

Felicísimo como si fuese doble el alma,

Juvenil, matinal, dispuesta a concretarse.

El contorno dispone su forma, su favor,

Y no espera, me busca, se inclina  mi avidez,

Sonríe a mi salud de nuevo ilusionada.

El intruso dolor –soy y quien soy– partió.



 (De Cántico)

 




José  García Nieto (Oviedo, 1914 – Madrid, 2001)

 

31

 

Otra vez –te conozco- me has llamado.

Y no es la hora, no; pero me avisas;

de nuevo traen tus celestiales brisas

claros mensajes al acantilado

 

del corazón que, sordo a tu cuidado,

fortaleza de tierra eleva, en prisas

de la sangre se mueve, en indecisas

torres, arenas, se recrea, alzado.

 

Y Tú llama y llamas, y me hieres,

y te pregunto aún Señor, qué quieres,

qué alto vienes a dar a mi jornada.

 

Perdóname si no te tengo dentro,

si no sé amar nuestro mortal encuentro,

si no estoy preparado a tu llegada.



 (De Tregua)

 




Luis López Anglada (Ceuta, 1919-Madrid, 2007)

 

 

Quiero poner mis penas por delante

y tantas pesadumbres en que vivo

por si puedo servirte de motivo

para mover tu corazón amante.

 

Quiero romper el pecho de diamante

en el que tanto amor tengo cautivo

por ver, Señor, si al dártelo recibo

el vuelo que a tu cielo me levante.

 

Todo lo que le traigo a tu blancura

es sólo sombra de la noche oscura

en la que tengo el corazón cerrado.

 

Dame, Señor, el dardo de tu fuego

que, para que lo enciendas, yo te entrego

como una hoguera viva mi costado.

 

 

(De Territorio del sueño)

  


 


Buhardilla, Oleo sobre lienzo, Arancha García


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