«Vuélvete y escucha; no está en mis ojos sólo el Paraíso» – Beatrice en La Divina Comedia



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Dos relatos de José Jiménez Lozano
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El sábado por la tarde
La dignidad humana


El sábado por la tarde
                                                                          

Cuando se le encontrĂł la Guardia Civil, estaba como rescatando libros que alguien hubiera tirado al rĂ­o; pero Ă©ste no era por esta parte muy profundo, ni la corriente muy rápida, sino que, al contrario, aquĂ­ se remansaba, y los libros iban quedando anclados en el fondo ya muy somero, sobre todo si tropezaban con las ramas y troncos  y otros desechos de árboles que la corriente del agua habĂ­a ido acumulando.

 

El hombre que estaba allí, en esas márgenes del río, extraía del agua un par de libros o tres, y corría a dejarlos en tierra enjuta, junto a un saco que también parecía contener libros, o libros era los que mostraba, aunque éstos sin señal ninguna de haber pasado por el agua. Y el saco y una chaqueta, sin duda la de aquél hombre, estaban orilla de un pequeño sendero entre chopos, que era por el que había bajado la pareja de Guardias Civiles, y desde el que se habían quedado mirando aquella extraña escena. Y, en el momento en el que ese hombre se acercó con otros tres libros salvados del agua, le preguntaron qué era lo que estaba haciendo.

 

-Desesperándome por haber  hecho una locura – contestĂł aquel hombre.

 

- ¿Qué locura? – preguntó el cabo – ¿Son suyos los libros?

 

El hombrecillo contestĂł que sĂ­, y que tenĂ­a que sacar aquellos libros de allĂ­.

 

- ¡Tranquilo! ¡Tranquilo! – volvió a decir el cabo. A lo mejor podemos ayudarle.

 

Y lo que se les ocurriĂł fue que el hombrecillo continuase sacando los libros y ellos dos, los guardias, harĂ­an una cadena para ir depositando uno por uno en tierra, pero Ă©l explicĂł que en realidad lo que le importaba era localizar al ruso, y el ruso todavĂ­a no habĂ­a aparecido.

 

- ¿Qué ruso? – preguntaron los guardias.

 

- ¡Ya está! ¡Ya está! – gritó el hombre lleno de alegría. ¡Éste es “Demonios” y “Pobres gentes” del ruso, que están en un solo volumen.

 

- ¿Demonios y pobre gente? – preguntó el cabo.

 

Pero el hombrecillo ya no contestó, quizás de lo contento que estaba, y luego ya sacó otros dos libros más pequeños, asegurando que a los demás libros, aunque ya no eran muchos, se los habría llevado el agua, pero, si se había salvado el ruso, se daba por conforme, porque, además, tenía como un papel liso y brillante en el que el agua habría resbalado, y la tinta no se había corrido.

 

- Pero ¡qué sé yo! – dijo- A lo mejor no pueden ya leerse, pero yo creo que me acompañarán.

 

- ¿Y cómo es que se le han caído al río? – preguntó el cabo.

 

Él contestó que, con su permiso, se iba a extender las perneras de los pantalones para que se secaran, como los libros, al solillo de la tarde, porque en septiembre todavía tendría fuerza durante un buen rato el sol, y enseguida contestaría a todas sus preguntas, pero que lo que había hecho era un crimen.

 

- ¿Un crimen? – preguntó el cabo.

 

- Los llevaba a vender, pero me dio pena.

 

- Era como vender a mis padres, y de repente pasé por el puente, vi el río, y los tiré. No todos pero casi.

 
Detalle de la Magdalena penitente, Georges de la Tour

Sólo que, enseguida, al verlos en el agua, le había parecido que se estaban ahogando y le pedían socorro. Aunque no los auxilió enseguida, porque le parecía también que ellos le habían abandonado a él desde hacía ya mucho tiempo. Él era rumano, y los libros no le habían ayudado cuando la policía política de su país había apaleado hasta la muerte a su mujer y a sus hijos, ni tampoco cuando a él le llevaron a la cárcel, ni cuando huyó y vino hasta esta tierra con ellos, porque no podía desprenderse de ellos, pero tampoco le habían ayudado; y entonces los iba a vender para pagar el hospedaje que tenía en el pueblo cercano donde había vivido hasta ahora como vigilante nocturno de una granja, y le habían despedido hacía dos días porque le sorprendieron leyendo por la noche. Y él había sido profesor en su país, pero allí no le habían dejado ejercer como tal, y aquí tampoco le dejaban enseñar latín porque no interesaba el latín, ni nada: y un librero de viejo le había dicho que tampoco le interesaban aquellos libros.

  

Le alargó entonces al cabo su documentación, y una foto de una escuela o instituto del que le habían expulsado, allá, en su tierra, y luego bajó la cabeza y dijo que en realidad, él había ido al puente a suicidarse, tirando antes los libros al río; pero finalmente no se había atrevido, y entonces había echado a correr para salvar los que había tirado.

 

- ¿Y ahora qué va a hacer? – preguntó el cabo.

 

- ÂżNo estoy detenido?

 

- No, no.

 

De manera que él se echó a la espalda su saco de libros mojados y secos, y echó a andar por el caminillo entre los chopos de la ribera del río; pero luego se detuvo, miró para atrás, volvió sobre sus pasos, y dejando el saco en el suelo dijo muy contento:

 

- “¡Christos anastis, Christos anastis, Cristo ha resucitado!”. Y ustedes tienen que decir: “¡Verdaderamente ha resucitado!” ¡Díganlo, por favor! Es la tarde de la Pascua.

 

El cabo y el número de la pareja de la Guardia Civil no sabían qué decirse, ni qué hacer, y él preguntó:

 

- ¿Es que no están ustedes contentos? No es posible que no estén contentos.

 

VolviĂł a echarse el saco a la espalda, esta vez sin la ayuda de los guardias, y volviĂł a subir por el senderillo, cantando.

 

-Tenía, efectivamente, los papeles en regla – dijo el cabo.

 

- A ver si encuentra un trabajillo, que parece hombre de libros, de poco comer y poco gasto – comentó el número.

 

Pero ninguno de los dos guardias se atrevían a decirse lo que pensaban en su desconcierto, y también se fueron de allí enseguida en silencio. Aunque el número repetía de vez en cuando:

 

- ¿Y habrá muchos hombres así en el mundo, cabo?

 

Pero el cabo no le contestaba hasta que dijo:

 

- Yo creo que qué sé yo. Porque ¿cómo va a vivir un hombre así en el mundo?

 

   



 


La dignidad humana
                 
                                                         

 

La prensa, la radio, y la televisiĂłn, dijeron  y escribieron que ella era una mujer anciana, que vivĂ­a sola en un piso bastante grande, y que parecĂ­a un almacĂ©n de tanta cosa como en Ă©l habĂ­a, y su dueña siempre iba muy compuesta, aunque usaba vestidos del tiempo de Maricastaña y sombreros que eran la irrisiĂłn verdaderamente, habĂ­an informado la portera y algunas vecinas –

 

- Y es una vecina de las de buenos días buenos días, y buenas noches buenas noches. Y ni una palabra más – dijo otra vecina.

 

 Y nadie habĂ­a cruzado más de dos palabras seguidas con ella, es de las de sĂ­, sĂ­, y no, no, y gracias, gracias.

 

          - O como si fuese forastera, salvo que preguntaba siempre si alguien estaba enfermo o pasaba algo, y si podĂ­a ella ayudar, insistiĂł dos o tres veces otra mujer de entre las vecinas que se agolpaban en torno a un equipo de la televisiĂłn que estaba allĂ­

 

         - Tampoco nadie de nosotras ha entrado jamás en su casa, como no sea doña Rosa, la vecina de pared con pared con ella, que tambiĂ©n es de las silenciosas. O una servidora, un dĂ­a que ella se mareĂł en la escalera, porque nunca cogĂ­a el ascensor ni para subir ni para bajar, y la subimos entre doña Rosa y yo.

 

          Y lo que la habĂ­a extrañado a ella era que habĂ­a allĂ­ más cachivaches que muebles, y que no tenĂ­a comedor o salĂłn, ni vio una televisiĂłn por ninguna parte, explicĂł tambiĂ©n a los de la televisiĂłn precisamente. Aunque luego lo que la locutora dijo fue que lo que habĂ­a allĂ­, en la casa y llamaba la atenciĂłn, era un montĂłn de muñecas, libros raros, un maniquĂ­ vestido con un uniforme militar antiguo, y una calavera de verdad con una corona de flores artificiales. Y luego pusieron tambiĂ©n una vista del cuarto de los trastos, en el que, aparte de las fregonas  y una lavadora antigua, habĂ­a tantas otras cosas que parecĂ­a un tenderete del rastro, con veladores pequeños incluso,  o máscaras rotas. Y dieron a entender en la tele, por la forma en que lo contaron, que no andaba ella muy bien de la cabeza.

 

           Pero el hecho, puro y simple, era que la vecina más vecina de ella, doña Rosa, que era viuda y tambiĂ©n vivĂ­a sola, habĂ­a llamado a la puerta de ella, aquel dĂ­a, hacia las diez y diez y poco, como todas las mañanas, y no habĂ­a respondido nadie, de manera que, tras insistir un buen rato, se asustĂł, y habĂ­a llamado a la policĂ­a, y Ă©sta con una ganzĂşa o llave maestra o especial habĂ­a descerrajado la cerradura, porque Ă©sta era muy simple y, además, sĂłlo habĂ­a echado el pestillo.

 

          Entraron los dos policĂ­as y doña Rosa, y allĂ­ la encontraron durmiendo tan plácidamente, que a ella la daba pena despertarla, aunque los dos policĂ­as se salieron del dormitorio para que doña Rosa la despertase, y, desde luego, para que la durmiente no se asustase. Y cuando se despertĂł, mirĂł allĂ­ a su amiga al pie de la cama, se sonriĂł, y dijo:

 

- ¡Perdóneme, Rosa! Ya veo que he vuelto a olvidarme echar siquiera el pestillo a la puerta. Es que anoche me acosté muy tarde, y estaba rendida. Voy a vestirme, si me permite.

 

De manera que doña Rosa salió del dormitorio, cerrando la puerta, y les comunicó a los policías que doña Asun se había quedado dormida simplemente, y les pidió excusas por la molestia.

 

- ¿Está segura que no necesita nada esta señora que vive sola?

 

            - No. No necesita nada. Tiene una vida tranquila, y mucha salud, gracias a Dios. Yo soy mucho más joven, y, si voy andando con ella, a poco que me descuide, me deja atrás.

 

           Y, cuando la policĂ­a se fue, ella volviĂł al dormitorio de doña Asun sin hacer un ruido como pisando sobre almohadillas como los gatos, que era como se andaba en aquella casa, y doña Asun, la explicĂł a su amiga que, mirando la noche pasada el marco de plata de una fotografĂ­a de su madre, se dio cuenta de que la plata necesitaba un repaso, y no lo quiso dejar para el dĂ­a siguiente; y lo que pasĂł fue que tardĂł lo suyo en encontrar el jabĂłn de limpiar la plata, y luego se puso a restregar con todas sus fuerzas, hasta que la plata deslumbrase, y la llevĂł tiempo y se cansĂł tambiĂ©n de veras, asĂ­ que se habĂ­a ido rendida a la cama, y habĂ­a dormido de un tirĂłn.

 

Y luego ya charlaron de otras cosas, mientras doña Rosa la ayudaba a preparar su tĂ© y su tostada del desayuno. Y ya no pasĂł más. 

 

Pero, a los tres o cuatro días, fue cuando se presentaron los de los “Servicios de Atención a las Personas Mayores”, que seguro que la policía tenía obligación de dar un parte de lo que hacían, y, al darlo se enteraron, y llegaron muy amables, pero muy preguntones, y la insinuaron que lo mejor para ella era irse a una residencia, de pago o no, eso ya se vería.

 

- Pues ¡muchas gracias! – dijo doña Asun -; pero, cuando necesite ayuda ya la pediré, y lo que es mejor o peor para mí lo sé yo solita, y, desde luego, no las autoridades.

 

- Ya vemos que no tiene televisión, ¿y qué hace usted por las noches, por ejemplo?

 

- Pues hago muchas cosas. Entre otras, solitarios. Casi toda mi vida no he hecho otra cosa que solitarios, y no me ha ido mal.

 

¿Es que la gusta mucho jugar a las cartas? – preguntó la psicóloga que era uno de los dos miembros de los Servicios de Atención a las Personas Mayores que habían venido a visitarla.

 

- ÂżLas cartas? Ni las conozco. Pero los solitarios no se hacen con las cartas.

 

- ¿No? ¡Qué curioso! ¡Diga, diga! ¡A ver! ¡A ver!

 

- No hay nada que ver, señora mía. ¡Hay que pensar! Los solitarios se hacen con ideas, pensares, y conversaciones.

 

- ¿Y qué piensa usted? si puede saberse.

 

- ¡Pues mire usted, hija! Unas veces en personas vivas o muertas, otras en cuando yo hacía de Ofelia, que lo hacía muy bien mientras yo estaba escuchando al enterrador con la calavera de Yorick en sus manos; y casi siempre, o todas las noches, en mi salvación, por si le parece a usted poco asunto para hacer solitarios.

 

- ¡QuĂ© interesante! – comentĂł la psicĂłloga       

 

- ¡Claro que es interesante!

 

Y hubo, entonces un embarazoso momento de silencio, que uno de los tres visitantes rompiĂł preguntando:

 

- ÂżY vive sola?

 

- SĂ­, sĂ­.

 

- ÂżY sale de casa?

 

- ¡A veces!

 

Pero doña Rosa, su vecina amiga, dijo luego, que sin embargo, no dijo ni una sola palabra de sus salidas a lo que ella llamaba “la exposición”, juntamente con su amiga Clara. Esto es, cuando iban bastantes días a una cafetería a tomarse su té y sus pastas, que lo pasaban muy bien con sus recuerdos y observando, pero mucho más cuando se enteraban, o hasta oían en un descuido los comentarios de los demás, que decían de ellas que eran dos loros, dos cacatúas, o dos momias.

 

- Tú estás mejor momificada que yo, Asun. No tienes ni una arruga.

 

- Y tú tienes pecas en la cara y reflejos más bonitos en el pelo, Clarita.

 

- Cuando éramos jóvenes les parecíamos vacas de estazar, y oíamos continuamente hablar de piernas, y de glándulas – decía Clara.

 

- Es la cultura, que se ha vuelto ahora egiptĂłloga y decorativa, Clarita.

 

Y doña Rosa se acordaría siempre de aquel día en que sacaron a la calle unas pamelas eduardianas de un rojo muy vivo, con casi una frutería entera de adorno, y grandes como sombrillas, que en el café tenían que sentarse tan separadas que ocupaban dos mesas. O el día en que doña Asun llevaba puesta una casaca de seda blanca, que era la del maniquí vestido de militar que tenía en casa, “un teniente de Tolstoi,” como decía ella, aunque doña Rosa, no sabía muy bien lo que quería decir; u otro día en que ellas sacaron una muñeca bien grandecita que hacía punto, y toda la cafetería había quedado pasmada.

 

Pero como los de los Servicios de Atención a las Personas Mayores vieron que, por muchas preguntas que hicieran, no contestaba más que síes, noes, o qué-sé-yos, ya se levantaron para irse, aunque dijeron que volverían dentro de algunas semanas, para que ella pensara durante todo ese tiempo lo que la proponían; y sobre todo en qué sería de ella si la daba algo. Y ella, entonces sonrió un instante, se dirigió a un armarito donde en el vasar de abajo, y encima de un libro, estaba la calavera con una corona de pequeñas flores azules de tela, se puso la corona en su cabeza, la calavera en sus manos, y declamó:

 

           - “Pobre Yorick! Yo lo conocĂ­a, Horacio: era un tipo muy divertido y de enorme fantasĂ­a. Más de mil veces me llevĂł a su espalda...AquĂ­ están los labios que besĂ© tantas veces. ÂżDĂłnde están tus chanzas? ÂżDĂłnde las piruetas y las tonadillas? ÂżDĂłnde las salidas de tono que hacĂ­an desternillarse de risa a todos los comensales? ÂżNi un chiste ahora para reirte de tu propio aspecto? ¡QuĂ© fĂşnebre pareces! ¡VĂ©te ahora a la alcoba de mi dama, y dila que se ponga un dedo de afeites para acabar al fin lo mismo. ¡DĂ­selo! Y que se rĂ­a”.

 

          Los de los Servicios se quedaron helados, y tambiĂ©n con las palmas de las manos dispuestas a aplaudir, pero ella se lo impidiĂł.

 

          - ¡Muchas gracias! Pero no es para aplaudir este parlamento. Es tambiĂ©n para que se lo piensen ustedes.

 

          Y no hubo más, y se despidieron, enseguida, los de los Servicios de AtenciĂłn; pero cuando doña Rosa contĂł todo esto al mĂ©dico que ya iba a jubilarse y era muy amigo de doña Asun, Ă©ste la contestĂł.

 

 

- ¡Pues, ahora, si ha pasado todo eso que usted dice, y la televisión ha dicho lo que ha dicho: que la autoridad va a decidir ingresarla en una Residencia para que viva sus años con dignidad humana, ahora es cuando se la llevan sin remedio, doña Rosa!

 

           - Pero no se la llevarán viva, se lo aseguro – dijo Ă©sta.

    

     Ofelia, John Everett Millais

          TenĂ­a que haberla visto Ă©l, cuando se ponĂ­a aquel vestido blanco, la corona de rosas en la cabeza, con la calavera en sus manos, y diciendo aquellas cosas que decĂ­a, tan temerosas, que hasta los de los Servicios de AtenciĂłn se habĂ­an espantado. Pero esto sĂ­ que la parecĂ­a a doña Rosa la famosa dignidad humana, dijo; y por encima de ella no iba a pasar nadie, doña Asun no lo iba a consentir.

 

                                   ;

 

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